A veces ocurre que los acontecimientos te engullen hasta nublarte el sentido. Si el año pasado acostumbraba a mirar con lupa lo que ocurría en el seno de McLaren, por aquello de que nuestro asturiano naufragaba en su interior, éste me he conformado con apuntar algunos datos reseñables y tragarme lo que la frágil ley de la apariencia dictaba.
Es de sobra conocido que la familia y amigos de Heikki Kovalainen buscan amparo y refugio en el box de Renault para disfrutar de las carreras. Me he cansado de decir que el finlandés ejerce de liebre para su compañero en calificación, y que sobrevive como puede con un vehículo no apto para ganar carreras, ni siquiera para terminarlas en puestos honrosos. Denuncié la docilidad con que se dejó pasar por su colega en Hockenheim, y que el uso del motor comodín en Singapur sacrificaba cualquier posibilidad de que hiciera algo en Interlagos pues sólo servía para paliar las carencias del hijo de Anthony Hamilton en la prueba nocturna. Le acusé de bienpagado cuando le renovaron el contrato… Y para colmo he admitido publicamente, durante el pequeño debate abierto tras la disputa del G.P. de Japón, que hace tiempo que me ha desilusionado.









