martes, 24 de marzo de 2026

La lucidez


Echo de menos aquel tiempo en que aprovechábamos cualquier contingencia negativa para componer bellísimas piezas que cantábamos luego alrededor de la hoguera. Toro Rosso prescindía de los servicios de Sébastien Bourdais, un ejemplo, y al francés le dedicamos un precioso poema en Nürbu; a Jaime Alguersuari lo defenestró de mala manera Helmut Marko, con nocturnidad y alevosía, y, en miserable compensación, el barcelonés tiene su pequeño santuario en el blog —¡joder cómo se las gastaba Herr Doktor!

Éramos lúcidas almas que amábamos a los héroes de entonces igual que nos desvivíamos por defender a un Webber o llamábamos mi Felipe a Massa —monumental la entrada que le escribí, a petición de mi entrañable Concha, cuando el paulista cayó derrotado en Interlagos 2008—. Pastor Maldonado, Checo Pérez durante su travesía del desierto en McLaren, Rosberg en lo crudo de 2015, antes Rubinho, más tarde Grosjean, tantos que resultaría un desperdicio reseñar su nombres.

Ahora no es posible querer tanto a los subalternos y segundones, sentirlos como tuyos ahí dentro, seguramente porque, como he leído recientemente: somos, con razonable seguridad, la última generación que disfruta de las luciérnagas y sus luminiscencias nocturnas...

Hace no mucho, alguien preguntaba si es posible hacer arte con el periodismo, y mira, no, a pesar de que contestaron afirmativamente los sospechosos habituales, lo denotativo no casa con lo connotativo y sólo en este segundo ámbito es donde se puede hacer arte de verdad, que conmueva, que emocione, que invite a la reflexión, que dialogue contigo mientras el mundo que conocemos se desvanece.

Por mucho que lo neguemos ya no hay espacio para los actores secundarios en nuestra actividad, ni para firmar las paces con Michael Schumacher o establecer treguas con Hamilton, la luz se la llevan los blancos de esa imagen en alto contraste que olvidó hace tiempo que también existen grises antes de llegar al negro, pero, así y todo, se ha convertido en la hamburguesa que tragan los aficionados al deporte porque ya no se estila que nos sirvan solomillo o entrecot.

En el Nordschleife, el sábado pasado, Max Verstappen, nuestro Dani Juncadella y Jules Gounon, veían cómo su victoria incontestable sobre el viejo dragón se convertía en agua de borrajas al haber utilizado un séptimo juego de neumáticos que no estaba contemplado por Reglamento. A partir de estos mimbres podría haber hecho algunos bonitos cestos, pero me faltan ganas de intentarlo siquiera. No queda nadie ahí fuera, lo denotativo arrasa y sólo queda espacio para los fríos datos, las telemetrías y las estadísticas. Lo tangible se impone, vaya, y, en consecuencia, olvidamos de nuevo lo que antes daban de sí las derrotas y el momentazo que suponía tener que doblar la rodilla ante la autoridad competente, tuviera o no razón, que en esta ocasión la tenía.

Hoy, Día Nacional de la Memoria por la Verdad y Justicia en Argentina, da la casualidad de que celebro en la intimidad, acompañado por dos dedos del Macallan que me regaló Ernesto hace un par de años, que Julián, Aitite, mi padre y progenitor y feroz antagonista, se nos fue de entre los dedos después de esperar a ver otra vez a ni hermana, como hace la arena seca de la playa en la palma de una mano, prácticamente sin oponer resistencia, porque polvo somos y en polvo nos convertiremos.

Os leo.

No hay comentarios: