viernes, 24 de septiembre de 2010

El castillo ambulante


Con el G.P. de Singapur pisándome los talones mientras doy buena cuenta de las ideas que me han ido surgiendo estos días pasados en que Nürburgring parecía un castillo ambulante a la deriva, me estoy acercando a mi propia estela con el pie derecho sobre el acelerador y la vista puesta en un lugar no demasiado lejano en el que juraría que estoy viendo la zaga de mi propio vehículo.

A pesar de ir a toda pastilla, marcando vuelta rápida tras vuelta rápida, mi vida no corre ningún riesgo, al menos eso espero, porque mi actividad, como la de muchos de vosotros, no me supone asomarme al precipicio, a esa linde que tarde o temprano todos traspasaremos.

Hace unos días, un muchacho de apenas 19 años sufría un accidente tonto durante la disputa de una carrera de motos, con la mala fortuna de quedarse tirado en mitad de la pista para que dos compañeros le pasaran por encima.

Shoya Tomizawa moría, y lo hacía en mitad de un espectáculo. Y lo menciono porque se nos llena mucho la boca con que todo esto (las motos son como lo nuestro) es un negocio, un artificio, pero cuando ocurren hechos funestos enseguida nos arrimamos a la vertiente deportiva para justificar aquello de que el show debe continuar, argumentando que el chaval dejaba este mundo con las botas puestas, haciendo lo que le gustaba hacer… Y no trago. Lo siento, pero no trago.

No voy a recurrir a la pregunta fácil de si en vez de Tomizawa hubiese sido Rossi, porque conozco de sobra la respuesta. Tampoco voy a tratar de defender la postura (creo sinceramente que se defiende sola) de los que se han sentido heridos por la falta de sensibilidad mostrada por los que tienen clara la jerarquía de las cosas, los mismos que lamentan el suceso antes de dar paso a la publicidad; aunque sí quiero cargar contra los que no han tenido mejor ocurrencia que criticar a los que han visto algo obsceno en este feo asunto, tachándoles incluso de nenazas.

Pedir un poco de respeto para el tipo que cae en combate es reclamarlo para el deporte en el que compite. No supone un menoscabo sino una sana concepción de las cosas, ya que consiste, lisa y llanamente, en solicitar un espacio para una dignidad que nos está siendo hurtada a jirones para ir dejando sitio a una parafernalia que se ha hecho imprescindible porque somos demasiado reacios (o cobardes, ¿quién sabe?), para mover un miserable dedo por evitarlo.

Si la muerte de un piloto está en la nómina del deporte del motor, sea éste de dos o cuatro ruedas, también debería estar contemplado que por respeto se pudiera enfatizar lo grave que resulta que muera un hombre, un crío en este caso, haciendo lo que más le gusta hacer. Congelando el espectáculo, neutralizándolo. Trasladando al espectador la absoluta gravedad del suceso…

No queremos hacerlo, o no sabemos, pero por favor, no mezclemos churras con merinas, porque yo también aspiro a morir haciendo lo que más me gusta hacer: vivir en este caso, y me jodería bastante que en mi entierro algún imbécil pidiera que se secaran las lágrimas durante un momento para dar paso a la publicidad, a la imprescindible publicidad...

6 comentarios:

Midori dijo...

Pero qué bien escribes, coñ..! :->
Me apunto como tú a morir haciendo lo que más me gusta, vivir
Bravo Orroe

pulguitaatodogas dijo...

La muerte en directo sobrecoge y personalmente reconozco que la de Tomizawa y Peter Lenz la semana anterior me siguen afectando emocionalmente.
No pude comprender como no se sacó una bandera roja para que las asistencias pudieran ir por la pista, en lugar de legar a un moribundo por la puzolana, con caída de la camilla incluida.
No puedo tragar eso de que el espectáculo debe seguir, porque hay momentos en que el espectáculo ha dejado de serlo y no hay interés comercial que merezca la pena.
Esos dos pilotos, como dices su dignidad y su respeto, están ya fuera de los debates.

Anónimo dijo...

Ya no se respeta ni el momento de la muerte.

¿Pero en qué mundo vivimos para que lamentablemente estas cosas sigan sucediendo?

King Crimson

Yei dijo...

Entiendo tu punto de vista. No podemos escapar de la publicidad pero como en mi caso podemos ignorarla... El sistema esta podrido en todos los aspectos. Pero en el fondo de todo sabemos que Shoya estaba ahi por amor a la velocidad. Le gustaba. Era su sueño hecho realidad y en el se dejo la vida mal que nos pese tener que tragar a reaccionarios y oportunistas.

Bravo orroe una vez mas. Me encanta leerte.

csm dijo...

No creo que ni Tomizawa, ni ningún chaval (o adulto) de los que corre en deportes de motor o de cualquier otro tipo, busque la muerte cuando arriesgan.
Corren, o nadan, o vuelan, o juegan al fútbol por pasión de vivir.

Así que, si no es ése el espectáculo que buscamos, el de ver morir, sino al contrario el de ver vivir de otra manera, vivir algo con pasión, con ilusiones, ... que nadie intente hacer de ello, también, un valor añadido en la "venta". Existen unos límites. Sólo hay que ponerse los zapatos de los afectados y tratar de seguir justificando lo injustificable: a lo mejor no podríamos pronunciar una sola palabra.

Un besote

Orroe dijo...

Buenos días ;)

Midori ;) Se agradece XDDDDDDDDDD

Jon ;) El espectáculo manda, y creo que tenemos derecho a pedir que mande un poco menos y sea algo más consecuente con la parte del deporte que le toca :P

King Crimson ;) Pues en un mundo bastante ciego al que lamentablemente estamos tan acostumbrados que ni nos molestamos en criticar como se debe :P

Yei ;) Si, estaba por amor a lo que hacía, pero las primeras que deberían entenderlo son las empresas y negocios que se mueven alrededor de ese amor, por simple respeto :)

Concha ;) Límites, ahí le has dado. Límites entre lo honesto y lo obsceno, que a esta gente que pasa de largo para seguir metiendo minutos de publicidad parece que se le olvida, ¡leñe! :P

Un abrazote

Jose