sábado, 28 de marzo de 2026

Diríase...


No sé si es peor el ambientazo pesimista que reina ahí fuera o el griterío infantil de los chiquillos reclamando una vuelta atrás en el tiempo que, sinceramente hablando: c'est impossible... 

¡Bah!, me quedo con la chavalería aunque ya no es lo que era, y lo lamento por Josepo, que veía en ella, antaño no, más lejos, un grupo juvenil aguerrido y peligroso con el que era mejor no cruzarse por las calles del pueblo en ¡Vaya Semanita!; y lo hago porque, a fin y a cuentas, la citada se está hundiendo en el lodazal que con tanto ahínco ha cuidado durante años. Otra cosa es que me merezca la pena hoy elevar unas coplillas a todos esos santurrones de redes sociales y retransmisiones que no saben ni por dónde salir del jardín en que se han metido riendo a todas horas las gracias del apparatchik.

Diríase que sigo creyendo en esta tecnología híbrida, aunque admito que están fallando estrepitosamente los procedimientos de aplicación de las novedades. 

La clasificación para el Gran Premio de Japón no ha traído nada nuevo, desgraciadamente, añadiría. El miércoles pasado escribía «Circuito rápido y coches ¡meh!» [Young and Beautiful], y la partitura se ha leído en Suzuka con matemática bachneriana. No soy la bruja Lola, mi bola de cristal sigue sin funcionar, pero hace tres días resultaba bastante evidente que la cosa no iba a mejorar sobre lo visto en Melbourne y Shanghai, básicamente porque en Fórmula 1 existe una tasa bajísima de milagros auténticos, de esos que sanciona el Vaticano.

¿Habría sido mejor un periodo de adaptación antes de darle el gustazo a Audi? Seguramente, a pesar de que parece tarde para reclamar.

La tecnología turbo se estrenó en 1977 [Renault RS01 «The Yellow Teapot» (29-06-2013)], aunque tardó dos años en obtener resultados y demostrar sus auténticas posibilidades para acabar siendo la reina de los ochenta. Con la fibra de carbono pasó parecido. Chapman jugó con ella en el Lotus 88 (doble chasis), pero fue McLaren quien la rentabilizó la temporada siguiente. Cooper, ¡coño, ¿por qué no hablar de Cooper?! Los Cooper T43 y 45 vieron la luz en 1958, pero no fue hasta dos campañas después que su diseño con motor central retrasado se adoptó por la parrilla hasta llegar a nuestros días como solución ideal en un monoplaza.

Tiempo, un concepto en el que más de uno se ha columpiado, y no miro a nadie. 

A tenor de lo que estamos viendo en términos de espectáculo, resulta evidente que alguien ha metido demasiada prisa y las cuentas siguen si salir, igualito que nos ocurrió en 2009. Diríase que ni la chavalería ni los arqueólogos estaban preparados para este golpe de realidad y este auténtico test de resistencia de apasionamiento, pero es lo que hay cuando apuestas a seguro y olvidas que hasta el mejor escribano hace borrones. La pureza y eso. Pediría paciencia, pero sé perfectamente que será como clamar en el desierto.

Os leo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hay algo en esta nueva era que me produce inquietud: la IA. Más allá de las quejas de algunos pilotos, el control que la IA ejerce sobre el auto deja abierta una inquietante posibilidad, ya que entrenándola, puede llegar el momento en que sean capaces de gestionar el móvil por sí solas, con la asistencia del ingeniero de pista.
¿Que es muy peligroso que haya sobrepasos con tanta diferencia de velocidad? Pero si a la gente le gusta!! Una posible solución sería que no haya piloto, una IA con conducción autónoma gestionada desde el muro, y listo.
Quizás nuestros bravos se estén cavando su propia tumba.

Saludos desde el Coño Sur