Mi simpatía por Mark Webber viene de lejos. Se empañó un poco, es verdad, con aquel guiño que le hizo al chiquillo,
cuando en 2010 le habían sacrificado en Abu Dhabi por el bien del
deporte y la competitividad. Sospecho ahora que él, más ingenuo que yo,
sin duda, pensaría en aquel instante que con su inmolación se había
ganado un lugar en el paraíso de Marko, sin saber que el austriaco, el
ganador de Le Mans 1971, no habita en ningún cielo ni cuando va de potes
y pintxos por Donosti y Bilbao con su pupilo.
Mark se ha ido quemando lentamente a la par que lo hacían sus
ilusiones. En 2011 le vimos triste y en 2012, el australiano se deshacía
en nuestras manos como el dulce de carbón que regalan los Reyes Magos a
los niños malos cuando es insistentemente sobado…









