Discúlpenme ustedes que me haya pertrechado de la guisa con que se me ve más arriba, para entrar a saco en el corazón del cieno convenientemente protegido, pero es que hombre cauto vale por dos y llevo esa lección aprendida desde bien temprano.
No me pregunten. Ando como lobo hambriento husmeando qué meterme a la boca en mitad de la invernal estepa, algo perezrrevertiano buscando las vueltas a todo, y aunque admito que don Arturo me cansa con sus continuas tensiones de cuerda, bien vale que de vez en cuando uno se ponga a emularlo sacando sin mirar dos veces la toledana, para esgrimirla gritando que no queda más remedio que batirse en duelo.









