¡Gracias, pequeño!, y te lo digo desde la constancia de que, hace hoy once años, me dejaste solo y en mis manos depositaste la dura misión de ser el Jefe de la Tribu, encargo que he cumplido escrupulosamente, tanto que, a día de hoy, nadie en nuestra familia cuestiona que sigamos siendo una unidad en lo esencial, con lo franquista que suena eso.
Tu hija pequeña suele decir que a Koketxu no te lo recorres ni en siete vidas, pero se lo voy a poner francamente difícil, ya que a partir de ahora harán falta diez o doce para encontrarme las vueltas.
¿A quién le dice algo el 12 de febrero? Seamos sinceros: a los de casa y muy poquitos más —José Luis sigue recordándote puntualmente—, pero los dos tenemos a Nürbu, ese dragón ensortijado cuando duerme que te recordaba nuestras conversaciones antes de apagar la luz del dormitorio para disponernos a dormir. ¡Pobrecito Satanás! que cantaba Vainica Doble, aunque para esta ocasión prefiero el Gairm Na h-Oidhche de Doyle y Mairi Macinnes, quizá porque estoy mudando de piel y de las protuberancias que me salieron en la espalda ya están naciendo las primeras plumas.
En nada desplegaré mis legendarias alas negras, de nuevo, y volaré otra vez, como cuando sujeté a tu sobrino en alto para que contemplara el horizonte, en La Galea, y le susurré al oído que todo lo que tenía enfrente y a los costados, y detrás, era genuinamente suyo, y le dije que lo reclamara cuantas veces hiciera falta, que se ve que lo entendió perfectamente porque casi 36 años después sigue enfocado a comerse el mundo.
Nadie nos recordará, Juliantxu, pero mientras siga vivo, no habrá quien me impida recordarte a ti...

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