Lo he escrito muchas veces, pero, si es necesario, lo repito de nuevo: del Nano viven tanto los que lo alaban hasta el hartazgo como los que lo mencionan a la mínima, para destriparlo, claro...
Este magnetismo que irradia el asturiano es un arma de doble filo, pero tiene de bueno que nos permite cribar a los más mermados del barrio, esos que no saben atarse los cordones de los zapatos, pero, así y todo, no pierden oportunidad a la hora de meterse en jardines de difícil salida porque opinar es libre, aunque, fundamentalmente, porque mantener seguidores en redes sociales, o ampliar la plantilla, les supone una auténtica prioridad —leed esto con la voz de Marcos Mundstock, please!—, en la que, obviamente, no cabe reparar en gastos aunque el riesgo sea cubrirse de gloria.
Hace algunos años mantenía contacto habitual con dos contertulios de postín australes cuyo nombre os ahorro, y recuerdo una tarde en que estuvimos intercambiando tuits hablando de épica a cuenta de la mayor carencia que muestra nuestro heptagonal Campeón del Mundo.
Debí explicarme mal, lo considero, pero no llegó a entrarles en la cabeza que cada gramo de energía que consume nuestro bicampeón al volante, independientemente de los resultados que obtenga, vale quintales de esa rara cualidad que la RAE define en cuarta acepción como «Grandioso o fuera de lo común», que goza, además, de sinónimos tales como: colosal, descomunal, espectacular o soberbio.
Tras Abu Dhabi 21, uno dejó inmediatamente de seguirme y el otro hizo lo propio pasados unos meses. Imaginaban ellos, imagino yo, que tomaría mi tomahawk con la mano derecha y no pararía hasta abollar la cabeza de Lewis, cosa que no sucedió porque uno es como es, para qué vamos a engañarnos si algunos días parezco Bambi. Sebastian ya era historia para entonces, a pesar de que antes de que consiguiera su primera corona en 2010, le dediqué uno de esos textos que me acercan a la figura del Coronel Aureliano Buendía [¡Vettel, Vettel, Vettel!].
Pero a lo que vamos, el temor tenía sustancia y, ¡qué coño!, a mis amigos les arriendo la ganancia de haber dejado de soportarme...
Cuando la edad era un problema, Fernando hacía mal en persistir. Cuando el llavero pasaba de los cuarenta, los años dejaron de ser un handicap. Cuando militar en Ferrari suponía un nuevo error para el español, la incorporación del británico a las filas de Maranello supuso un nuevo reto...
No sé si lo veis o necesitáis un croquis.
Vivimos lo que la prensa anglosajona decide que vivamos, pero en cuestión de tipos que superan habitualmente lo ordinario, Alonso, nuestro Alonso, saca varios largos de distancia a muñequitos de Lego o plastilina que únicamente acumulan números y sólo cuando el viento les resulta favorable.
Aquel diciembre de 2021, además de haber perdido un par de seguidores, comprendí que el mundo se dividía en dos: los que niegan la mayor por seguir teniendo tirón en Twitter, y los que aceptan que Fernando llegó para quedarse, y, todavía hoy, nos permite discernir quién entiende realmente de F1 y quién finge conocerla por puritito postureo.
Épica es la palabra. Os leo.

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