sábado, 27 de enero de 2018

Daytona beach


Todas las grandes historias han dado comienzo en una playa. En el Génesis no se dice, pero Dios estaba tumbado en la arena de una de ellas cuando decidió crear el universo. Adán y Eva, otro ejemplo, disfrutaban de unas bien merecidas vacaciones en el Resort Paraíso Beach cuando fueron expulsados por no querer abonar una o dos docenas de manzanas que habían sido consumidas en su habitación sin que quedara constancia de quién se las había comido...

Todo, todo empieza en una playa aunque nominalmente lo haga en el pico de una montaña. Mi mejor historia de amor nació al albur de las olas rompiendo en la arena, muy cerquita de Gorliz, a los pies de Aixerrota, y el terraplanismo también amaneció en una playa, ¡¿qué os creíais?! Desde allí la mar océana se divisa como un plato, la llamamos plato cuando no anda revoltosa... plato, lineal, horizontal y sereno, de ahí viene todo porque el resto lo pone el Photoshop que usa la NASA, incluso los jueguitos de amor, mi vida.

Daytona beach está relativamente cerca del Daytona International Speedway y ahi empezó la cosa de acabar haciendo un circuito tan cerquita del agua. Si os fijáis bien, las carreras también tuvieron su origen en arenales donde disputaban las posiciones desde canicas, caracoles y galgos, hasta caballos y coches. Long, long a way! Hurry up, hurry up...!

Y aquí estamos a las tantas de la noche, disfrutando de la Rolex 24 at Daytona hasta que el sueño nos lleve de la mano a la piltra. Y puesto que Fernando ha completado su primer relevo y el segundo lo acaba de tomar Phil hace ya un rato, he recordado que hoy os debía una para que sigáis leyéndome y yo pueda leeros luego...

La playa, sí, la playa... Si el ser humano no hubiera mostrado desde la antigüedad tantas ganas de medirse con cualquier aliciente que encontrase cerca, incluso con otro humano igual de bobo que él, seguramente no disfrutaríamos tanto de esto que consideramos actualidad irrelevante y llamamos deporte de competición, o motorsport en modo fino.

Daytona beach es muy anterior a la NASCAR en Daytona o a la IMSA en Daytona. Pero a pesar del tiempo transcurrido, en el fondo significan lo mismo: el hombre y su máquina luchando por ser los más veloces. Contra otros vehículos y otros hombres, contra aviones y otros pilotos. En esencia contra uno mismo, contra el propio miedo, contra la novedad o la repetición de la experiencia...

Es una pena, o me lo parece, que el hermano de un piloto participante en la Rolex 24 at Daytona haya decidido iniciar una cruzada contra lo que considera una injusticia y con ello haya roto la belleza que según Ramón Trecet es lo único que merece la pena buscar. Tiene delito, al hilo, que cuatro pagafantas, cinco a lo sumo, rigurosos según dicen ellos de sí mismos, hayan caído en la red de la facilidad que hace de Sálvame el programa más visto, líder de share, incontestable incluso en horario considerado infantil.

Por fortuna para todos nosotros, Miguel, Antonio, Fernando y Daniel, saben de sobra que son nuestra familia en Daytona, nuestra armada. Que independientemente de dónde apunten los focos vamos a llorar o reír con cada uno de ellos... relativamente cerca de esa playa de la que llevo hablando hace unos párrafos, donde se pactan los secretos y se maceran los sueños a fuego lento.

España y los deberes que todavía no hemos resuelto, mi vida.

Será eso o que aún no hemos comprendido que las huellas en la arena siempre las borra el mar, o el viento.

Os leo.

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