lunes, 12 de febrero de 2018

San Colin Chapman


Produce bastante desazón constatar que, actualmente, todo el mundo admite reconocer la enorme contribución de Colin Chapman a nuestro deporte aunque a la hora de la verdad, Adrian Newey sea considerado como el mejor ingeniero de todos los tiempos...

También es verdad que lo de todos los tiempos es un poco como la boda del siglo. Si miramos bien, prácticamente salimos a siete u ocho enlaces galácticos por década, y si Hollywood o las Casas Reales han hecho bien su trabajo, la densidad puede aumentar considerablemente en momentos puntuales. ¡Coño, si hasta doña Leire Pajín tildó de acontecimiento planetario lo que simplemente era una reunión entre Obama y Zapatero...!

Quiero decir con esto que de todos los tiempos es una contestación ornamental que precisa de coletilla: de todos los tiempos «que he vivido yo», por ejemplo. Así sí, así es comprensible que Newey haya desterrado a Rory Byrne, quien a su vez eclipsó a John Barnard y éste a Gordon Murray, etcétera, etcétera hasta el principio de nuestra actividad, aunque si los reuniéramos a todos en una salita seguramente nos llevaríamos una sorpresa porque me juego la mano con que dibujo a que coincidían en que el más grande ha sido precisamente el protagonista de esta entrada: Chapman, Colin Chapman, San Colin Chapman.

El de Richmond lo tuvo fácil, cabe decirlo. Esto que conocemos como Fórmula 1 estaba prácticamente por hacer cuando apareció él en el horizonte, y claro está, para un individuo abierto a retorcer la realidad para dar con cualquier tipo de solución imaginable, aquello supuso una bicoca, tanto que nuestra disciplina difícilmente sería lo que es en la actualidad si Colin no hubiese pasado por ella.

Chapman era un adulto con mentalidad de chiquillo. Si encontraba una puerta cerrada la abría; si pillaba una piedra en el camino, lejos de apartarla ideaba un puente para evitarla... Así las cosas, conceptos como monocasco, flexibilidad estructural, integración de elementos exteriores en el interior de la carrocería, suspensión activa, efecto suelo útil, etcétera, forman parte del enorme legado que nos dejó en herencia y se ha utilizado posteriormente para mil y un usos...

En toda lógica, fue constantemente perseguido por las autoridades competentes, tan cicateras siempre con los genios, y esta lucha entre la creatividad pura y el papismo más recalcitrante alcanzó su punto álgido relativamente poco antes de su muerte a finales de 1982.

La FIA pretendía reducir la enorme velocidad que adquirían los wing-car y obligó en 1981 a que los coches mantuvieran una cierta altura de las faldillas con respecto al suelo con la intención de evitar el sellado de los canales laterales. Y mientras la competencia ideaba un peligroso sistema que sorteaba la norma reduciendo el recorrido de los amortiguadores una vez el motor había alcanzado un determinado régimen de giro, Colin respondía con un ingenioso monoplaza dotado con doble chasis que fue inmediatamente prohibido.

El Lotus 88 era más seguro que sus contrincantes, y más rápido, pero con tal de no dar su brazo a torcer, el establishment prefirió que debido a la extrema dureza de las suspensiones de sus vehículos, los pilotos se arriesgaran a marearse o perder el conocimiento en carrera.

Perdimos a este gigante a mediados de diciembre de 1982, meses después de que lanzara su inseparable gorra al aire y por última vez. Celebraba así la victoria de Elio de Angelis sobre Keke Rosberg en Austria, por tan sólo 5 centésimas de diferencia.

Os leo.

1 comentario:

enrique dijo...

Hay veces que me levanto pensando una cosa, y otras veces la contraria. Cosas de la estupidez, o vaya usted a saber qué. Pero creo que el reglamento, tan encorsetado, sólo te deja ir por un camino. Cuando lo natrural sería dejar cuatro o cinco caminos que te lleven al mismo lugar. Como te equivoques al principio del camino... Estás muerto. Eso me jode la vida. Después de los test de pretemporada ya podemos saber al 90% como va a ir la temporada.