sábado, 23 de diciembre de 2017

Hablar con Dios [#Nürbu 24]


Somos tan minúsculos en el océano cósmico que nos acoge, que el ser humano no repara en que cuando tropieza dos veces en la misma piedra lo que está sucediendo, en realidad, es que ha vuelto a esa curva que siempre se atraganta, que incluso se atraganta a los mejores. Ese giro a izquierdas o derechas que debemos aprender a sortear correctamente antes de soñar con mirarnos al espejo para sentirnos complacidos con lo que vemos...

La vida es un circuito gigantesco, tan cabrón como hartero y peligroso e imposible de memorizar. Rueda que rueda llegamos siempre a los mismos sitios, a la salida y a la línea de meta, más cansados, más viejos, tal vez más abatidos que la vuelta anterior o quién sabe si más eufóricos, pero llegamos, de eso no cabe duda.

Konrad Adenauer, Canciller alemán entre 1949 y 1963, tenía sobre la mesa de su despacho al inicio de su primer mandato, la apremiante necesidad de devolver una Alemania asolada por las secuelas de la II Guerra Mundial al lugar que le correspondía en el mundo. Cuentan que una tarde de septiembre, apenas unas semanas después de haber sido elegido, solicitó a su chófer personal que le llevara al día siguiente a visitar el circuito de Nürburgring, cuando el Nordschleife y el Südschleife formaban un mismo trazado.

Atento a cumplir los protocolos de seguridad, el conductor le preguntó si su secretario estaba avisado o si era menester que le advirtiera él para que a pesar de las prisas se preparara adecuadamente el viaje. Adenauer le calmó con la mano:

—Vamos usted y yo solos. Saldremos temprano, descuide. Ocúpese únicamente de tener dispuesto el coche para estar de vuelta antes de almorzar. Nadie sabe de esto, así que le ruego la máxima discreción.

La sede de la Cancillería, Bonn, y la localidad de Nürburgo están separadas por una distancia corta que el Mercedes-Benz 300d sin distintivos oficiales recorrió en bastante menos que una hora. Sus dos ocupantes apenas cruzaron media docenas de palabras durante el trayecto. El chofer ocupado al volante en ir lo suficientemente rápido a la vez que seguro, y su acompañante, rememorando en el asiento de atrás el accidente que sufrió en 1917, cuando ya era alcalde de Colonia, de cuyas consecuencias daban fe las numerosas cicatrices que afeaban su cara. Dios le había salvado entonces. Se había llevado a Emma para siempre pero jamás había dejado de estar a su lado y sabía perfectamente que esta vez también lo haría.

Llegaron al circuito y Adenauer solicitó recorrerlo. El 300d comenzó a navegar majestuoso entre sus curvas y rectas como un fantasma negro que acaricia silencioso las escamas de un dragón. En un punto abierto del Nordschleife desde donde se podían divisar tanto la majestuosidad de las laderas y los bosques como la herida que abría en ellas el asfalto del trazado, el Canciller pide parar el auto para poder bajarse.

Había estado allí, en aquel lugar exacto, hacía casi tres decádas, con el ingeniero Creutz y el piloto de carreras Langer. Los tres valoraban entonces la posibilidad de que un circuito fuese la idea adecuada para revitalizar la región de Colonia después de las desastrosas consecuencias que había traído consigo el Tratado de Versalles.

Y allí estaba él ahora, comprobando que los sueños pueden hacerse realidad. Recordando cómo la ingeniería civil, la industria del automóvil y el deporte habían materializado aquel milagro. Soñando con que a pesar de la tutela aliada y la prohibición de que los deportistas alemanes disputasen competiciones internacionales, Alemania volvería ser grande recorriendo el mismo camino.

Os leo.

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