domingo, 20 de mayo de 2012

La cita a ciegas


Como todos los años por estas fechas, más o menos, el circo de colorines vuelve de nuevo a ese lugar ineludible del calendario que se llama Mónaco, marco incomparable sobre cuyo asfalto se han celebrado una y mil batallas, y también algún que otro despropósito, como el que empañó la edición de 2011, cuando una bandera roja hurtó a los aficionados la posibilidad de ver a Button, Alonso y Vettel, luchando durante unas vueltas más por una victoria que se le escapaba al piloto alemán por momentos, ante la presión, sobre todo, del británico de McLaren más que del español, pero que acabaría en el casillero de Sebastian porque tras el trapo colorado, a la carrera no la reconocía ni la madre que la parió.

Anécdotas aparte, el circuito monegasco siempre resulta interesante. Carcelero, con una pista callejera hasta decir basta, repleto de glamour y yates deslumbrantes en el puerto, enmarcado por bonitas vistas y unos edificios a los que parece respetar el paso de los años. Si acaso menos que Spa Francorchamps, Silverstone o Monza, auténticos templos de lo nuestro, pero con un puntito especial que sin querer o queriendo lo convierte en un lugar congelado en tiempo, en Mónaco la F1 es siempre más F1 que en otro sitio.

¿Podría vivir nuestro deporte sin él? Tal vez. 

Todo sea que a Bernie se le ocurra dar la espalda al alambique de negocios que se fomenta con ocasión del Gran Premio, para que comprobemos que podríamos sobrevivir sin un circuito que no da más que problemas, seamos sinceros, porque obliga a los equipos a un esfuerzo encomiable por adaptar sus vehículos al trazado, y porque en definitiva, ir allí no deja de suponer una servidumbre con el pasado, con la tradición, que se sobrelleva como buenamente se puede en los garajes y fuera de ellos.

Pero mejor no doy ideas. Mónaco me gusta a pesar de los pesares y no me gustaría verlo fuera del campeonato. No me preguntéis por qué, porque explicándolo seguramente me embarraría en ese mundo de sensaciones subjetivas que rara vez resultan comprensibles salvo para quien las siente, en este caso, yo. 

Dejémoslo en que me gusta y en que lo admito aunque disponga del podio más cutre del calendario por mucho príncipe que reparta los premios, y en que por tanto, me alegro de que en menos de una semana, concretamente este próximo jueves comienza el sarao, la F1 vuelva a El Principado para seguir desmadejando la temporada más cerrada de los últimos tiempos. 

¿Ganará un Caterham, como bromeaba sin gracia el jefazo de Red Bull recientemente? Pues no lo sé, porque en Mónaco puede ocurrir cualquier cosa, pero no por las Pirelli, sino porque su esencia como circuito es precisamente esa: la incertidumbre que sobrevuela la carrera, aunque me da a la nariz que los Lotus pueden ir de perlas, y que Iceman podría calzarse su primera victoria del año, y la primera después de su retorno... 

No me digáis que no sería un hermoso broche de oro para un fin de semana de ensueño, disfrutado durante la cita más a ciegas que hemos vivido desde hace tantos años que ni recuerdo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola a todos,

A mí me gusta el circuito. No se porqué pero es así. Y ya puestos a soñar... no me importaría que Raikiki ganara por delante de Fernando con la condición de que le plantara un muerdo despendolao a mi tocayo según le ofreciera el trofeo. Jodó, íbamos a estar hablando de ello hasta la victoria de María de Villota con un Marussia en Brasil. Eso es glamour ¿que no?

Saludos a todos,

ABB

C A B Y A S dijo...

con tanta eciencia aerodinamica, mecanica, neumatica, etcatica...vivan los circuitos antiguos donde para cambiar una suspensión en boxes hace falta sacar fuera a medio equipo para hacer sitio...ja