sábado, 13 de junio de 2015

Le Mans al gusto #25TLM15 [02]


El mundo de referencias que rodea a todo aficionado es como esa querencia casi sagrada por la tortilla española que nos hacía nuestra madre cuando pequeños.

Es legítimo y hasta cierto punto, razonable. Llegamos al mundo, a cualquier mundo, en un momento concreto de nuestras vidas, incluso a la hora de nuestro nacimiento, y empezamos a disfrutarlo tal cual se nos presenta. Y entonces lo paladeamos como un paraíso recién descubierto y allí nos quedamos, por siempre jamás, que diría aquél.

La referencia a la tortilla que hacía antes no es de ningún modo baladí. No conozco a nadie que no ponga la que hacía su madre por encima de las demás. Ya digo que es normal que así ocurra, porque quien más o quien menos, ha crecido con leche de teta o biberón, y tortilla. Otra cosa es que nos lo creamos. Más bien, lo malo es que creamos que no puede haber nada mejor que lo que damos por sabido.

Por edad —podría ser el padre de muchos de vosotros— mi mundo en Resistencia tiene color azul y naranja Gulf y por supuesto, rosso scuderia. Vi los monstruosos Porsche 917 en las revistas que traía mi hermano Julián a casa y quedé prendado, ¿cómo no iba a hacerlo? De ellos y de todo lo que les rodeaba, incluso de aquellos Ferrari 512 que siempre terminaban mordiendo el polvo...

Años más tarde dieron por la tele la película Le Mans y juré casarme con ella a pesar de que me perdí la razón por la cual, el jefe de equipo decide que Michael Delaney sustituya a un compañero en un coche distinto al suyo, para facilitar la victoria del equipo.

Quiso Dios que con esta duda existencia instalada en el cuerpo, transcurriera más de una década hasta que volvieron a ponerla en la caja tonta. Y quiso el destino que fuese día de Nochebuena y que mi suegra quisiese divertir a mi chavalillo vestida de Papá Noel, y que Cata y mi cuñada Ana decidieran iluminar la casa encendiendo todo lo habido y por haber, y que los plomos saltaran con el sobresfuerzo en el instante en que después de que Michael Delaney se hubiera dado el zambombazo a cámara lenta con su vehículo, su jefe le llamara para tripular otro, por aquello de conseguir la victoria como fuese.

No temáis. Conseguí resolver el asunto. Me compré el DVD de la bendita película y por si ocurre otra inesperada contingencia que me impida saber lo que ahora sé, la tengo también grabada en .mkv y en .mp4. Y de vez en cuando —ahora mismo, para qué os voy a ser cicatero con esto—, me pongo al oído su banda sonora, recreando esos primeros planos en los que Steve McQueen llega a la población de Le Mans conduciendo su 911, sabiendo que su vida como piloto quedará supeditada a su equipo en una prueba como las 24 Horas.

Es Resistencia. Mi madre hace la mejor tortilla española del mundo, y Le Mans es la más preciosa cinta del universo. Steve fue quizá el más grande junto a Paul Newman y Marlon Brando, pero por suerte, sé perfectamente que estas cosas sirven de bien poco a la hora de hacer comparaciones. Otra cosa es que alguien me discuta si el grandioso actor hace el gesto de victoria con los dos dedos o está mandando a tomar por el saco a alguien, porque por ahí no paso.

Os leo.

1 comentario:

TXIFUes dijo...

La sempiterna duda... con cebolla o sin ella. La victoria a toda costa o ganada a pulso...
Lo bueno de ésta prueba #LM24, es que la puede ganar "cualquiera" que esté convencido en hacerlo.
Salu2,
Iñaki E.