jueves, 8 de mayo de 2014

Epifanía


Si Ebenezer siguiera viendo fantasmas tras aquella Navidad única, uno de ellos, sin duda, le habría llevado hasta el circuito de Zolder cogido de la mano, para que viera con sus propios ojos en qué debería consistir la vida una vez la dejamos atrás: un amasijo de hierros sobre un trazado en el que creímos vencer sobre nosotros mismos y nuestros propios miedos.

Me he pasado el día esquivando Internet. No tengo cuerpo para más trágicos recuerdos y menos si vienen de la mano de la oportunidad o la necesidad de rellenar espacios.

No me lo toméis a mal. El tiempo es una medida tan artificial como fría con la que tasar nuestra distancia con ciertos hechos pasados que hemos seleccionado a propósito. Tal día o tal otro sucedió tal o cual cosa... Es mentira. El ayer permanece siempre encerrado y basta abrir la puerta del armario para mirar de nuevo a sus ojos y sentir quién sabe si un escalofrío, reír, o incluso derramar algunas lágrimas mientras esbozamos una sonrisa.

Cae de nuestra cuenta cómo lo encaramos y por supuesto cuándo lo hacemos, de forma que no hace falta que sea 8 de mayo para que visitemos aquel sábado gris de Zolder en el que uno de los mejores pilotos de todos los tiempos perdía la vida en algo tan estúpido, como aplicar venganza sobre el compañero que le había abierto el corazón y herido el orgullo unas semanas antes.

Recuerdo aquel instante que viví casi con escasas horas de retraso, y en definitiva, lo cruel que resultaría 1982 para todos nosotros, incluso para su otro gran protagonista, Didier Pironi, quien no pudo rentabilizar su deslealtad de San Marino y tuvo que lidiar además, con hacer de muro mortal para el joven Riccardo Paletti en un circuito que precisamente había adoptado el nombre de Gilles, correr en Hockenheim parecida suerte que su compañero en Ferrari aunque con algo de mejor fortuna, y lograr a la postre su primer y único subcampeonato todavía convaleciente de sus gravísimas heridas y alejado definitivamente de la F1 quizás sin saberlo.

El francés murió lejos del asfalto años después, corriendo sobre la mar cuando sus gemelos aún no habían nacido. Catherine, quien sospecho que acunaba a Pironi para que conciliara el sueño y le arrullaba con la intención de que alejara sus fantasmas más negros, llamó a esos niños Didier y Gilles...

Mi armario está repleto de auras pero no tiene llaves ni atiende a fechas. Es 8 de mayo y más que en Gilles pienso en Didier y en cómo de grabada tuvo que tener esa imagen de una vida convertida en hierro sobre el asfalto de Zolder a cuenta de una miserable chiquillada habida tan solo quince días antes, que visita hoy Scrooge y visito yo también, para que no se me olvide jamás que vivimos a 300 kilómetros por hora asumiendo a veces riesgos inasumibles pero vitales, en un reto atractivo pero difuso que no acarreará jamás que pongan nuestro nombre a un circuito ni logrará que un chavalillo vuelva la cabeza cuando le llame su madre.

No me lo toméis a mal.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que puta pasada de texto

Lola Cámara dijo...

Ojalá todo el mundo pudiera utilizar las palabras de manera tan bella y elegante como tú, en el momento de recordar a aquellos que se fueron de manera tan trágica y absurda.
Normalmente todo lo que se lee son cosas dichas ya mil veces.