miércoles, 5 de septiembre de 2012

Papiroflexia para buscar la belleza


Hace tiempo escuché, o leí, no lo recuerdo, que Hunt era rematadamente rápido porque no lograba disfrutar con las carreras y quería terminar pronto con ellas... Al hilo, me resulta curioso que queriéndome reconocer en pilotos sosegados como Ickx, Stewart o el propio Alonso, el espejo, mi espejo, me devuelva constantemente la imagen de su reverso apresurado, alguien que sabiendo que debe ir lento por la vida, ha hecho de la velocidad su afán y su fortuna: ¿James?

En fin, dejémoslo estar aquí y descerrajemos un punto y seguido sobre el blanco de esta página, porque hoy se trata de saldar una antigua deuda con mi viejo compañero de armas J-Car, quien hace la intemerata me propuso que mencionara la primera y única experiencia —si no me voy de baretas—, de la motorista Cosworth diseñando monoplazas.

Y aquí arriba está, reluciente, sin decoración alguna, vestido de aluminio puro, mostrando un diseño surgido sin ayuda de ordenadores ni túneles de viento, tallado a pelo para vencer al viento, el gran enemigo de todo monoplaza que se precie de serlo, articulado alrededor de una idea sucinta y clara: las superficies sirven para algo y las ruedas también, siempre.

J-Car y yo compartimos la búsqueda de la belleza, anagrama vital que nos permite, sospecho, enfrentarnos a lo que nos toca mirando el doblez bueno, y aunque desde ángulos que no tienen por qué ser coincidentes, ambos porfiamos, intuyo, en que la sencillez es la mejor guía en los desfiladeros y las rompientes, de manera que sin querer o queriendo, espero, los dos teníamos por qué fijarnos, por narices, en la encarnación de lo que el hombre es capaz de hacer cuando se propone resolver problemas con soluciones tangibles, armado con método en vez de metodología.

El Cosworth F1 no corrió nunca, como ocurre con todas las ideas que se enfrentan a la prima de riesgo o a la cruda realidad. Era sensu stricto un Dream Car, una propuesta a medio camino entre el Sygma de Pininfarina con base Ferrari y el Spazzaneve de la de Maranello —no es por nada, pero amaneció en 1969 explorando la tracción integral, lo que nos pone en que asomó las orejas al tiempo de la primera creación a la que he aludido y años antes que la otra—, circunstancia que evoca inevitablemente un tiempo pretérito donde el ser humano era dueño del mundo y el lápiz su brazo armado.

El cacharro era bello por su extrema sencillez de concepto. Pontones albergando los depósitos a prudente distancia de un habitáculo ligeramente desplazado, redondeados abajo y rotundos arriba para perfilar el camino de los flujos turbulentos que surgían del tren delantero. Cuna baja y recta para que el aire entrante por la nariz encontrara rápidamente la zaga, y nariz en dos planos, uno, acuñado, el anterior y prominente, para hendir el aire y doblegarlo, y el otro, oculto bajo el primero, para servir de canal secundario por donde recoger las migajas del viento entrante para domarlo hacia la cuna del monoplaza, obteniendo de paso mayor presión en la nose y por tanto sobre el eje delantero...

Rudimentario, sí, un sencillo esquema de esa cosa que manejan ahora y con milimétrica soltura los dueños y señores del universo con la ayuda de ordenadores y simuladores, pero esbozado a vuelapluma y llevado a término leyendo huesos y estrellas, como un ciego lee las calles a golpe de bastón blanco, intuyendo qué camino tomará el aire, dónde ejercerá mayor presión, dónde menos. Dónde, al fin y al cabo, apoyará el diseño y dónde lo desbaratará.

Limpio, descarnado, tal vez ingenuo, el Cosworth F1 supo abandonar la mesa de diseño para encarnarse en una propuesta materializada sobre cuatro ruedas motrices allá como hace cuarenta años. Nos solemos preguntar con la boca abierta por qué Newey sigue dibujando coches sobre su tablero y la respuesta puede ser tan sencilla, como que él también busca la belleza haciendo papiroflexia, como hizo Robin Herd, el creador del monoplaza Cosworth en 1969, antes de entablar relaciones con Max Mosley y alumbrar la mayor plataforma de experimentación que ha parido la F1 con permiso de Lotus: March Engineering... 

Pero esta es otra historia. Os leo.

1 comentario:

GRING dijo...

Puro diseño combinativo: Pontones/depósito del Lancia D50 y morro entre el Tyrrell Ford 003 del amigo Stewart y el coche de la Pantera Rosa.Lo que se denomina un pastiche, vamos. En fin, la razón principal de que Cosworth no siguiera diseñando monoplazas.Como diría mi hijo, feo como el culo. O yo, con perdón, feo de coj.... Un saludo afectuoso por la entrada (que consigue que comience el día,formuleramente hablando, con una sonrisa.Que ya tocaba desde el boliche del domingo).