miércoles, 19 de octubre de 2016

Vosotros y vosotras


Ayer o anteayer —disculpadme, la gripe no me deja recordarlo—, conocíamos que la Real Academia Española de la Lengua salía a poner los puntos sobre las íes al espinoso asunto de la duplicidad de términos con distinto género en la misma frase —miembros y miembras y patadón y p'alante, ya sabéis—, y cuando pensaba que me quedaban pocas cosas por ver, descubro que sigo siendo un ingenuo y que hay más gente de la que imaginaba, que necesita que la autoridad competente sancione que lo está haciendo bien, que todo está bien y mucho bien y tal.

Vaya por delante que no pienso posicionarme en este debate hasta el día en que vea con mis propios ojos en las estanterías de las librerías (si es que queda alguna entonces), títulos como El código y la códiga Da Vinci, Cumbres borrascosas y borrascosos, El viejo y la vieja y el mar y la mar, o Todos y todas eran mis hijos y mis hijas.

Que la industria se la juegue así de hardcore sí sería un síntoma serio de que definitivamente nos vamos a la mierda, pero mientras ese momento llegue, pienso hacer caso omiso a unas señales que alcanzan un mayor eco del que honestamente creo que merecen, más por falta de ideas o reseñables en los medios que las airean, que por calado, y mientras tanto, continuaré soñando que nuestro idioma sigue siendo algo vivo que construimos o destruimos entre todos, sin necesidad de que nadie anuncie, oficialmente, que una patada en los cataplines es igual que un beso en la boca, pues para eso ya está el sentido común.

Dicho lo cual. Tres días después de que me mostrara ilusionado por la temporada que llevamos encima y las cuatro carreras que nos quedan, oficialmente la Fórmula 1 va de maravilla pero hablas con la gente y la notas cansada, aburrida, barbilampiña en cuanto a expectativas, y te abres a la prensa o a los medios de comunicación con los brazos en cruz y dan ganas de volverse a la cama para abrigarse en posición fetal...

El espectáculo va viento en popa a toda vela, pero no salimos del puerto. Y el caso es que sin faltarles razón a los que critican a aquellos que criticamos cada coma que se escribe, también es verdad que estos no son capaces de rematar su discurso sin buscar ejemplos en un pasado que jamás se repetirá, o sin aludir a una complejidad que sencillamente no existe salvo como argumento de postureo.

Que la Fórmula 1 se explica mal es algo que convenimos la mayoría.

Quizás todo se reduzca a que como pasa con nuestro idioma, nunca llueve a gusto de todos aunque todos seguimos usándolo, defendiéndolo o mancillándolo desde diferentes posiciones y desde nuestras respectivas fuerzas, buscando siempre y a veces sobrados de prisa, que su futuro colme nuestros anhelos porque no hay quien soporte el presente. Y desde luego, que alguien, arriba, muy arriba, nos dé la razón.

Por Dios, que no falte nunca ese alguien que nos dice que podemos dormir tranquilos porque estamos en el lado bueno de la frontera.

Así que a falta de que los yankies vengan a salvarnos, que Bernie desvirtualice la dictadura que evitaría tanto problema como sufrimos, o que la Fórmula 1 sea por fin un deporte justo, conviene que nos vayamos haciendo a la idea de que los cambios llevan tiempo, y que si nosotros no movemos un dedo por variar el rumbo de las cosas, serán otros los que lo consigan.

Vosotras y vosotros me entendéis. Os leo.