lunes, 24 de octubre de 2016

El aliento del sapo


Jonathan Noble nos contaba el sábado pasado, la bonita historia que hay detrás de la foto que decora esta entrada [La historia detrás de la foto de la que habla toda la F1]. La captura fue hecha en Suzuka por el fotógrafo Peter Fox, quien congeló un instante único que, a la postre, ha dado incluso para algún que otro análisis técnico.

Nico sobre su carro de fuego en Degner, sirviendo ambos de excusa y acelerante para el incendio de bocas abiertas y genuflexiones que vino después. Entiendas mucho, algo, poco, o nada de todo esto, la imagen no te deja indiferente. Existe en ella un brutalidad bellísima, animal, en la que se intuye una bestialidad que funciona como la maquinaria de un cronómetro suizo, que, además, precisa de alguien que la gobierne como quien susurra el horizonte a un dragón.

El doctor Frankenstein dormía cuando Fox retrataba una fracción de nuestro ahora. Despertó cuando ya era tarde. Entre septuagenarios y relojes Rolex, no le gustan los monstruos que alientan los demás. Es tendente al monocultivo noble, al viñedo de casa, a compartir sus aromas, las fragancias y los caldos resultantes con quien considera que lo merece. Con nadie más.

Su criatura hace años que echó a andar por su cuenta, y relatan los fabuladores que entretienen a las viejas a la hora del chocolate y las pastas, que incluso ha dejado estirpe lejos de las manos de su progenitor. Es lo que tiene tanto andar de noche visitando viudas y soñadoras, buscando un poquito de calor y el roce de unas sábanas limpias...

En fin, Frankenstein padre no puede, ni debe, admitir que no vio el Gran Premio de Japón porque había que madrugar y eso, a él, con la edad que tiene, siempre sienta mal. 

Fabiana lo sabe y nosotros también, pero por un aquí paz y después gloria, hacemos como que escuchamos al yayo aunque a la postre resulte que no le hacemos ni puto caso. 

Igualito que han hecho, por cierto, los que siempre salen a recriminar a los demás que afirmemos en público que el doctor anda un poco pasado de vueltas, cuando tras la sarta de chorradas que ha proferido a cuenta de quién merece el campeonato 2016 y quién no, no han querido posicionarse siquiera por devolver un poco de cordura a tan absurdo escenario, eligiendo a cambio hacer mutis por el foro, que ya se sabe que el silencio, convenientemente dosificado, puede resultar más provechoso que una cataplasma de hierbabuena en la lucha por la presidencia de una federación.

Los que han cometido pecado propio de pardillos han sido los de Mercedes AMG. Aunque mejor pensado, quizás no tanto. 

A Bernie (quitémonos las caretas), siempre le ha molestado el dominio de la entente anglo-germana. 

No sé qué tuvo, o sigue teniendo el británico con los austriacos de Red Bull, que aburrían en su época incluso a un rebaño de ovejas. Él sabrá. Pero atizando a la insolvencia mediática de Rosberg frente a la prohombría de un tipo que fue sacado poco menos que a patadas de Wimbledon por no ir con la ropa adecuada, que desperdicia su tiempo libre dando carnaza y frases al dúo Pimpinela, que ha sido criticado por un ente serio y respetable como Jackie Stewart por no estar a lo que uno debe estar —en Fórmula 1, se entiende—, no hace otra cosa que delatar que lo que le jode es la filial de Stuttgart en Brackley, no sus hombres, que le dan lo mismo que lo mismo le dan.

Mi querida y añorada Concha (donde quiera que estés, un besote), nos tenía dicho que quien nace barrigón de más está que lo fajen, y el caso es que Bernie ya está caduco para meterse en según qué jardines.

Mal está que que el boss señale monstruo. Pero peor me parece que no llame a las cosas por su nombre: «De la mierda que ofrece Mercedes AMG, me quedo con la que da más titulares.»

Y nada más. Que os leo, como siempe.