jueves, 1 de septiembre de 2016

Las almas y el Mundial de Pilotos


Los primeros de mes son siempre como el inicio de una hoja en blanco. ¿Quién no ha caído alguna vez en esa retórica navideña por la cual nos llenamos de propósitos para el año siguiente, y el día 1 de enero nos lanzamos a cumplirlos como quien se tira a la piscina sin pasar por la ducha? Pena que los gimnasios y las academias de inglés estén cerrados en Año Nuevo, que si no...

A tontas y a bobas nos hemos puesto en septiembre. Hoy ya es septiembre; y por suerte, comienza también el Gran Premio de Italia en la catedral de Monza. Quedan ocho carreras por delante contando la del próximo domingo, y por fortuna, la técnica va dejando paso a la humanidad aunque haya todavía quien justifique que todo esto es fundamentalmente tecnología y dinero.

Parece obvio que no supone ningún aliciente pensar a estas alturas de la película en qué máquina ganará el Mundial de Constructores. La sal y la pimienta las pone la incertidumbre de saber quién conseguirá para Brackley el de Pilotos. Y lo mismo ocurre atrás: que Ferrari y Red Bull se partan los piños por amarrar la segunda plaza en la tabla de marcas no tendría ni la mitad de gracia si no anduvieran por ahí Max, Daniel, Sebastian y Kimi.

La mayoría de efemérides nos recuerda cuándo murieron los conductores que ya no están entre nosotros, sus vidas y hazañas al volante son lo realmente importante, los coches que guiaban o los equipos donde militaban son una simple anécdota.

Hoy, por ejemplo, recordamos que Stefan Bellof perdía la vida en Spa-Francorchamps disputando una prueba de resistencia a bordo de un Porsche 956, no que dos máquinas de Stuttgart chocaron en Eau Rouge en 1985 con fatales consecuencias para el piloto alemán. Que condujese un Porsche o que aquel accidente decidiera el final del modelo 956 y su sutitución por el más seguro 962, son dos anécdotas. Que todo sucediera en la curva más emblemática del circuito belga, también. El protagonista es lo importante, y por supuesto, el hueco que dejó entre los aficionados.

No conozco a mucha gente que haya llorado por el Marussia MR03 que conducía Jules Bianchi. En realidad no conozco a nadie. Sin embargo, el francés ocupa montones de textos y avatares en redes sociales, y es recordado con cariño, y con profunda tristeza por lo que nunca pudo demostrar en pista debido a que la parca se cruzó en su camino y comenzó a arrebatárnoslo en Suzuka. 

Rob Smedley argumentaba hace poco a colación de las comunicaciones por radio, que todo esto es por encima de todo un deporte de equipo: «Where do you stop? It’s an inane argument, to be honest. It’s a team sport, whether or not it’s called the drivers' championship, whether or not it's called a championship from the moon, it’s a team sport. And if it wasn’t a team sport, then we wouldn’t have 500 people who work for the two drivers or for the good of the teamY hubo, logicamente, quien tomó pie en las palabras del británico para reafirmarse en que llamar en la actualidad Mundial de Pilotos a la Fórmula 1 es poco menos que un despropósito.

Pero el caso es que el reciente Gran Premio de Bélgica nos ha regalado un rosario de nombres más que un catálogo de piezas o de evoluciones técnicas. El tiempo se detuvo el domingo pasado. Magnussen saliendo ileso de un accidente que podía haberle resultado muy caro. Max, Kimi y Sebastian luchando en La Source. Carlos intentando gobernar un Toro Rosso destrozado... Éstas y otras cosas han sido nuestro alimento de esta semana.

La temporada ha entrado en una fase difícil para los analistas de frigoríficos. Quien más, quien menos, ha comenzado a echar la vista atrás para sortear el temporal. Las novedades llegan con cuentagotas y sólo afectan a los equipos punteros. La sequía de argumentos es un hecho, y entonces surgen los nombres de las almas que conducen los bólidos, esos espíritus que han sido solapados por sus repectivas escuderías en lo que llevamos de temporada sencillamente porque esto no merece llamarse Mundial de Pilotos. Pero van a ser ellos, precisamente, quienes nos harán disfrutar de lo que queda de campaña.

Tipos que se juegan la vida a más de 300 km/h. Que se la han jugado siempre, que a veces la pierden, pero sin cuyo concurso, no tendría ningún sentido el trabajo de los 500 que mencionaba Smedley.

A 1 de septiembre de 2016 pienso en Elio de Angelis. No me preguntéis por qué.

Os leo.