martes, 4 de agosto de 2015

El flautista de Hamelín


Del mucho daño que nos hace la venta de lo cotidiano, quizá lo más triste de todo sea cómo nos modifica el menudeo la forma de pensar.

Fue que la crisis asomara la oreja en 2008, y que nos pusiéramos inmediatamente a seguir la silueta de una disciplina que persevera en tocar la flauta de la austeridad por ver si nos ahoga en el río, mientras nosotros, silbamos idéntica melodía... Parece que nadie hable de mariposas, que nadie recite versos a la luz de la luna. Parece que nadie se muestre capaz de esquivar la ocasión de hablar de la coño economía en una comida, en una reunión de amigos o en una charla en la cafetería, sin que aparezcan tarde o temprano esos coño números que nunca encajan y a los que sería de tontos haber invitado.

Exagero como siempre, pero os confieso que estoy cansado de huir de los telediarios y los periódicos para encontrarme en cada esquina con unos mercados que no conozco, cuyos dictados son tan insondables como la razón de las sucesivas subidas de la luz que impide con arrojo nuestro ministro Soria, o eso dice; cuyas leyes sólo sirven para explicar la realidad a toro pasado porque jamás acertaron antes de que sucedieran las cosas. Cuando hace realmente falta, vamos.

Y uno —yo en este caso—, que creía estar de vuelta de algunas cosas, se encuentra con que incluso en la Fórmula 1 hay quien piensa en meter más la tijera, porque se presupone que el deporte vive por encima de sus posibilidades y tal...

A ver, la sostenibilidad del negocio no tiene absolutamente nada que ver con la sostenibilidad del beneficio. Es más, lo segundo suele estar contraindicado a la hora de fomentar la primero.

Comprendo que Max Mosley señale como causa de tanto problema como abunda en el paddock, que los pilotos cobran demasiado, y que Bernie Ecclestone se muestre renuente a aflojar sus pretensiones económicas por el bien de lo suyo, que también es lo de todos, como lo del ministro Soria. Soy capaz de asimilar, así os lo digo, que las escuderías y los motoristas se pongan pelín quejicas en el aspecto pecuniario, pero ¡madre de dios!, no entenderé jamás qué coño se nos ha perdido a los aficionados en todo esto, para que andemos recetando contención de gasto como forma de resolver el cáncer que está destruyendo nuestro deporte.

Llevamos erre que erre con esto del ahorro desde hace más de una década, y a la vista está que no ha funcionado porque la gente se las pira incluso de los televisores, con lo facilón que ha resultado siempre comer los macarrones y el escalope mientras se disfrutaba de la carrera. Se ha ido recortando incluso de lo irrecortable y el horizonte amenaza más y más recortes. El año que viene ya no habrá tres sesiones de entrenamientos en pretemporada sino dos, y desde ya auguro, que la medida no servirá sino para empeorar el asunto.

El espectáculo da grima salvo en casos tan concretos como el del pasado Gran Premio de Hungría. La gente da la espalda a Fórmula 1 no porque sea onerosa sino porque resulta cara para lo que ofrece a cambio —pasa un poco como con el tema del ruido de los motores, que si hubiese más acción en pista seguramente perdería su importancia—. Y lo malo no es que afecte a los consumidores, sino que también está pasando factura a los patrocinadores.

Y en esto que pienso que a lo peor nos la han metido doblada. Que estuvo bien mientras duró eso de que la Fórmula 1 siempre ha sido un mundo de escuadras o de marcas, cuando lo cierto es que actualmente no hay espacio para que identidades como Juan Manuel Fangio, Jim Clark, Emerson Fittipaldi o Ayrton Senna, por ejemplo, enardezcan a las masas de aficionados hasta el punto de arrastrarlas a unos circuitos que sin tanta idiotez, rebosaban no hace tanto de color y pasión automovilística.

Nos hemos dejado la figura del piloto en el camino y desde luego, soy de la opinión de que con más recortes y trabas, no la recuperaremos. Eso sí, nos ahogaremos felices como las ratas del cuento que da título a esta entrada, escuchando las notas de una flauta que no entendemos, pero cuyo discurso hemos interiorizado hasta no ver más allá de nuestras propias narices.

Os leo.