martes, 15 de febrero de 2022

¡No hombre, no...!

No creer al Hamilton edulcorado que va por la vida disfrazado de cordero no supone odiarle, ¡faltaría más!, porque odiar es una actitud profundamente infantil, básicamente. Y es que si señalaba públicamente a sus compañeros por no arrodillarse en sus reivindicaciones raciales [Hamilton, molesto con la F1 y los pilotos que no se arrodillan contra el racismo] y, entre otros, buscaba problemas gordos a Leclerc, por ejemplo [No soy racista y odio absolutamente el racismo, es repugnante], no supone odiar exigir al astro inglés que diera la cara ante focos y micrófonos por Nicholas Latifi en vez de clicar un like a una publicación en Instagram del canadiense, donde éste explicaba la situación que atravesaba después de Yas Marina [Latifi denuncia acoso y amenazas de muerte por lo de Abu Dhabi]. 

Hoy he conocido que además llamó personalmente a Latifi para mostrarle su apoyo... 

A ver, las cosas se pueden abordar de manera adulta o como críos, actitud habitual entre los seguidores del heptacampeón ante cualquier exigencia de coherencia a un piloto que deja muchísimo que desear como persona y siempre recurre al que se mojen otros [La La Land], cuando no se parapeta en conceptos trampa, que esa es otra: ¿se puede criticar a un negro sin ser racista?, ¿se puede criticar a Hamilton siendo alonsista? ¿Se debe, se puede?, ¿basta enseñar el carné de buen aficionado o hay que pedir permiso siempre...?

Lewis es un tipo deshonesto, y lo creo en profundidad. Acabo de escribirlo en el párrafo de arriba: «deja muchísimo que desear como persona». En tanto piloto es un talento natural indiscutible, como no hemos visto en décadas, pero el personaje que se ha creado es un individuo con el que no jugaría ni a las canicas, y aquí no hay odio que valga, sino una extensa hemeroteca que corrobora mis palabras. 

El británico es ventajista y listo como el hambre. Se hizo novio de Sara Ojjeh en lo más duro de la batalla de 2007, y, obviamente, lo hizo por algo puesto que la niña de Mansour no resultó ser el amor de su vida.

Puso a los pies de los caballos en Mónaco 2007 y en Hungría de ese año a quien había pagado sus inicios en el motorsport. Dejó tirada a su escudería del alma a finales de 2012, abandonó a su suerte a Adrian Sutil. Negó que se aprovechaba de las telemetrías de Alonso pero estuvo rápido en acusar a Rosberg de que se beneficiaba de las suyas, y no contento con eso, advirtió a Bottas de que ni se le ocurriera, recado que seguramente ya le habrá llegado a Russell.

Insultantemente beneficiado por la FIA pasará a la historia como el conductor que más ha tenido que sufrirla, como un ser de luz, un hombre de equipo sin fisuras a pesar de que Ron lo señaló como desencadenante de la que se lió en 2007 y Paddy Lowe tuvo que ponerse al micrófono en Abu Dhabi 2016 para repetirle una orden que el hijo del viento volvió a pasarse por el forro de los pantalones... y todo porque la Historia de nuestro deporte la escriben sus compatriotas, incluso los que sin haber acabado 2007 ya lo coronaron como Campeón antes de China.

Entiendo que ante la aplastante falta de argumentos en contrario sus entregaditos tiren del recurso fácil del odio a la figura del inglés haga lo que haga, pero no podemos ser imbéciles ni negar la rotundidad de los hechos. A Lewis no se le odia —en España tiene, proporcionalmente hablando, más seguidores que el Nano—, pero su personaje virtual crea un enorme rechazo porque la única coherencia que vale con él pasa por aceptar que es un producto de rápida asimilación en una época concreta de nuestro deporte, que ha sido manufacturado para consumidores de las sensaciones que ofrece Netflix, plataforma que enfrentó a Lando y Carlos en pantalla, cuando, en realidad, ambos se llevaban de puta madre en McLaren.

¡Odio!, ¡qué feo término cuando lo que faltan son razones para debatir!

A Hamilton no se le odia, se le reclama algo de hombría, un poquito siquiera, término hoy en desuso que hace nada delimitaba la linde que separaba a aquellos que pretendían ser excepcionales sin lograrlo, de aquellos otros que conseguían sobresalir sobre sus iguales en igualdad de condiciones, atributo al que se ha referido innumerables veces un tal Jackie Stewart: «Decir que Lewis es el mejor de todos los tiempos sería difícil de justificar para mí...» [Decir que Hamilton es el mejor, sería difícil de justificar].

Os leo.

6 comentarios:

  1. Así que dos semanas ein!

    Agradezcamos que gracias a este personajillo de pandereta a alguien se le inflamó la yugular hace 14 años y nació Nurburgring.

    👏👏👏👏🤗🤗🤗

    ResponderEliminar
  2. Era thor, tu comentario lo resume todo. Gracias Sir Lewis, caballero de lo superfluo.

    ResponderEliminar
  3. Adhiero totalmente a la nota. José lo ha delineado perfectamente a Hamilton y coincido totalmente. Es una lástima que lis que vemos esto seamos minoría...

    ResponderEliminar
  4. "Insultantemente beneficiado por la FIA pasará a la historia como el conductor que más ha tenido que sufrirla"

    Me temo que es una frase para enmarcarla, una gigantesca verdad

    El otro día estuve hablando con un amigo futbolero y dijo algo que creo que es para reflexionar "los ingleses ven la F1 como la Premier League, una competición inglesa donde están los mejores del mundo".

    No se, a veces pienso que quizás seamos nos confundimos y no tenemos nada que decir a lo que hacen y deshacen los ingleses en su competicion. Por lo menos, es lo que piensan los ingleses.

    ResponderEliminar
  5. Magnífico, no tiene otra definición este artículo!!.

    ResponderEliminar