miércoles, 8 de octubre de 2014

El yelmo roto


El año pasado, durante la celebración del Gran Premio de Mónaco, Jean-Éric Vergne estrenaba un casco exclusivo que replicaba la decoración del que ciñera en su día la cabeza de François Cevert, a la estela sin duda, de ese movimiento libertario que lleva a los pilotos a reivindicar sus raíces homenajeando a sus muertos cuando no mira Bernie, porque cuando la vieja urraca otea su territorio, bien sabido es que los homenajes se celebran casi a puerta cerrada en la soledad de un garaje vacío, o han de ser borrados de la cima del morrión porque podrían suponer publicidad encubierta.

Anteayer se celebró el cuadragésimo primer aniversario de la muerte en Watkins Glen del piloto francés, durante la calificación para el último Gran Premio de la temporada, y aunque quise dedicarle unas líneas la actualidad impuso sus reglas, como de costumbre, así que lo hago hoy para hablar de ese casco lleno de heridas en el esmalte, que podeís ver en la imagen de arriba, que resulta tan y tan diferente en aspecto y textura, al que usara Jean-Éric en la carrera que ganó Nico Rosberg.

Quizás sea la distancia o la perpectiva con que miro siempre las cosas, pero aquel casco y el de Vergne me parece que marcan en cierto sentido, el punto cardinal al que apuntan nuestras propias horas.

En 1973 servía para cubrir miserablemente una cabeza pero a la vez, para distinguir perfectamente a quien la llevaba sobre los hombros y sujetaba el volante. Hoy, sin embargo, protege al hombre pero además, sirve como una continuación natural del espacio publicitario que adorna el vehículo. ¿Se puede vender la seguridad tasando cada centímetro cuadrado de superficie...?

Muchas veces me pregunto y así os lo he confesado en algunas ocasiones, si el diseño de los coches no lo señalarán realmente las necesidades de supervivencia económica del deporte, en términos de área disponible para sponsors, y no el tamaño y rendimiento de las ruedas ni las expectativas que dicen salir de las reuniones de ingenieros y FIA, como creemos. De ser así las cosas, la seguridad importaría un pimiento en Fórmula 1 salvo como excusa, como una más, como una de tantas.

Pero no quiero perder el hilo. En octubre de 1973, un casco como el que puede llevar en la actualidad un repartidor de pizzas, no pudo impedir la fatalidad que se llevó por delante al piloto del que dicen, fue la causa de que Jackie Stewart se retirara. François y el escocés forman parte indivisible de mi preadolescencia. Conducían el mismo vehículo aunque con diferentes dorsales, pero yo los distinguía por el yelmo...

Y no se me olvida, ni quiero olvidar tampoco, que aquellas ingenuas protecciones carentes de publicidad apreciable, cumplían su cometido abolladas, remendadas o incluso algo rotas, parando la gravilla, el aceite y el polvo, pero sobre todo, destacando con sus colores a quienes participaban en cada torneo y de entre ellos, distinguiendo también los cimientos y leyendas sobre los que cualquier aficionado construye el armazón de su entretenimiento.

Os leo.

6 comentarios:

  1. El yelmo identificaba al caballero.
    Regazzoni, Lauda, Scheckter, Fittipaldi, Hunt, Gilles... Digo su nombre y automáticamente visualizo su casco.
    Un nombre, un diseño. Para siempre.
    Saludos

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  2. El que me gustaba era el de Piquet y que bien se veía al brasileño en los Brabham Parmalat ;)

    Aitor

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  3. Bonito homenaje al yelmo, del que casi nunca nadie habla y que tan importante resulta para este mundo.


    King Crimson

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  4. A mí me encanta el de Hunt. Ahora los cascos son demasiado abigarrados. Incluso macarras.

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  5. Conservo dos cosas de mi abuelo materno,que murió a la misma edad que yo tengo ahora, a un año del medio siglo : Una medalla por los 15 años de servicio a su última empresa y su casco abierto de motero golpeado, arañado, herido y pleno de historias como el de Cevert. Yo tenía 3 años, pero mi único recuerdo de entonces es el aire sobre mi cara sentado en el regazo de mi abuelo Ángel en su Lambretta. Seguridad: ¡Cuánto ha cambiado su significado con el paso de los años!.
    Un saludo, crack.

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  6. Mis dos abuelos fueron moteros. Mis tíos también. Tengo que buscar en mi casa paterna la foto de mi abuelo con casco de cuero, botas hasta la rodilla y gafas de aviador sobre su moto. Parece un personaje de Tintín.
    Mi otro abuelo, el materno, tuvo varias motos: solo le recuerdo una Lube y ya, de viejo, una vespa.
    Uno de mis tíos arrasaba en su pueblo con una MVAgusta y el otro se presentó el primer dïa de Universidad sobre una harley comprada en Francia.
    Seguro que casi nunca llevaban casco.

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