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domingo, 13 de septiembre de 2026

Relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor?


Pasados los momentos iniciales, pletóricos de promesas y cantos de sirenas, el Gran Premio de España se ha ido desluciendo al mismo ritmo en que se confirmaba la imposibilidad de adelantar en pista. 

Nada que objetar aquí. Ya imaginábamos lo caros que iban a resultar los adelantamientos y, además, Pirelli se había juramentado a no dar sustos en La Monumental y, lógicamente, salvar el curvón del MadRing nos ha supuesto el pecado y la penitencia de una prueba que fallecía de muerte natural cuando Hamilton advertía que los frenos de su SF-26 no le daban para continuar y abandonaba en el giro 6, más o menos.

En realidad no he venido a quejarme. Pretendía tratar al invento de Isabel Natividad con la dulzura que ingenuamente creía que se merecía el Gran Premio oficial de mi país, pero la realidad me ha ido arrinconando y toca pasar página rápidamente, no sin antes señalar que el pueblo de Madrid no se merecía este ejercicio de arrogancia pija.

No desenfundéis todavía. Basta leer las crónicas que ya han aparecido para comprobar lo estimulante que ha resultado la prueba para los VIP (Very Important Person), lo que significa que el aficionado al motorsport ha sido tratado como un mal menor cuando, en deporte, su satisfacción debería ser el principal foco de atención de los organizadores de eventos —en la Antigua Roma, el Circo era esencial para contentar a las masas. 

Johan Huizinga ya nos advertía hace un siglo que el deporte es parte ineludible de la construcción del individuo como animal social, pues, además de suponer un fenómeno cultural que lo atañe, mayormente ocupando su tiempo de ocio y sirviendo de aglutinante entre individuos, es también la expresión viva de la sociedad en la que vive pues refleja los valores, inquietudes, tensiones y aspiraciones comunes. Tampoco quiero ocultar que, en 1938, el bueno de Huizinga renegó públicamente del llamado deporte profesional por considerarlo una prostitución del concepto original.

No pretendo ponerme espeso, descuidad. En Madrid, este fin de semana, ha ganado la pasta aunque el primero en pasar por meta haya sido Kimi Antonelli con Max Verstappen detrás.

Lo que sucedía en el asfalto ha sido lo de menos. No ha tenido mucha importancia que Lando Norris haya cascado por un VSC y terminado tercero después de merecer el primer cajón del podio, por ejemplo, o que a George Russell le hayan seguido ocurriendo cosas inexplicables, as usual, sencillamente porque el trazado no daba para más.

Hablaba el otro día de peneuvismo latente [El bueno de Waldo Pepper], y a estas horas ya tenemos desplegadas todas sus constantes porque en el País Vasco también tenemos pijerío, sobre todo en el Bai Baina (sí, pero) habitual en la expresión política del PNV —la cosa no ha salido como se esperaba pero hay un margen amplio de mejora, ¡nos ha jodido mayo con las flores!—, y en ese paternalismo que pudre, que insiste en que aceptemos que lo que resulta bueno para las élites es bueno para nosotros aunque la carrera, en sí, haya resultado una mierda indigesta que será edulcorada por los medios afines hasta que ni la recordemos.

Os leo.

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