Cuatro papanatas, cuatrocientos, cuatro millones, cuarenta, da igual, no han sido cantidad suficiente para arruinarme el espectáculo de observar desde la cubierta de nuestro edificio cómo nuestro pequeño satélite cegaba la luz del Astro Rey en su declive, o sentir cómo bajaba la temperatura y la brisa marina circulaba más rápida, cómo se apagaba el sonido de los pájaros y cómo, pasado el evento, cuando la luz volvía a abrirse paso en la oscuridad sobre la Bahía de Gorliz, algunos gallos en Urezarantza cantaban a un nuevo día, que, en sentido estricto, no era otro que el que habíamos ido dejando atrás mientras duraba el fenómeno.
A los insectos, las aves y los gallos, se les puede perdonar el despiste, nos así a los numerosos imbéciles que nos rodean...
Os leo.

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