domingo, 15 de febrero de 2026

Los últimos mohicanos


Dicen que cuando un payaso se muda a un Castillo no se convierte en Rey; el Castillo se convierte en un circo...

Bien mirado nosotros tenemos esa parte resuelta, al menos en primera instancia, pues nuestro tinglado ya era un circo (The Circus) cuando Bernie Ecclestone, allá como durante la segunda mitad de los setenta, comenzó a soñar con lograr convertirlo en un Castillo Regio, cosa que consiguió, porque entre sus murallas se movieron mentes y manos privilegiadas, tanto al volante como en las mesas de diseño, bajo el mando de generales de verdad, asombrosos la mayoría de ellos.

Y bien, todo eso terminó y convendría que lo fuésemos aceptando por evitar agotarnos como velas de cera. A los hombres de armas curtidos en mil y una batallas los fueron sustituyendo administradores y contables, millonarios casi todos, y del Castillo legendario no quedan sino restos leales y sólo en algunas partes, pues el grueso de la edificación ha sido reconstruido como se elaboran los decorados de las películas, que no aguantan las crecidas ni los vendavales.

Hay un ambiente triste ahí fuera. El malestar ha cuajado entre los más veteranos, entre los reacios a admitir que este mundo ya no nos pertenece ni Liberty Media va a mover un dedo por devolvérnoslo. Que reniegan de que esté indicado para entretener a la chavalería y a los que ahora mismo calzan de cuarenta y cinco años para abajo, que no saben salir de Senna porque el propio paulista se ha convertido en una figura de papel maché que se vende fácilmente en los duty free de los aeropuertos.

En buena medida somos el Tarzán criado entre monos que recreó Rice Burroughs, El pequeño salvaje de De Aveyron, o el Uncas en El último mohicano de Fenimore Cooper, putos inadaptados pues nuestro universo de referencias se desvaneció de la noche a la mañana y corremos el riesgo de terminar como el Capitán Ahab persiguiendo a la ballena blanca, porque, para nosotros, ni el más perverso de los payasos actuales llega a la suela de los zapatos a toda esa gente que nutre nuestro concepto de Fórmula 1 y sigue alimentando nuestros sueños de velocidad y espectáculo. Pie a tabla. Frena tarde. Vive rápido, muere joven y, si puedes, deja un bonito cadáver.

Oigo ya a Tabarly sorteando en solitario L'Atlantique Nord. Os leo.

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