domingo, 29 de noviembre de 2020

El juguete

Somos un país maravilloso que continúa manteniendo viva una hipotética deuda que no ha reclamado nadie porque no existe, y, a la menor oportunidad, convertimos nuestro ombligo (nuestras carencias) en el centro del universo.

Sucedió en 2012. El debate sobre las banderas amarillas en Interlagos surgió de Italia, fueron los tifosi y la prensa transalpina quienes exigieron a Luca Cordero di Montezemolo que plantara cara a la FIA. Fernando Alonso aceptó el resultado, el Presidente de Ferrari también, por ello sólo planteó una solicitud de aclaración a la Federación, pero entre la chavalería española hace años que anida la idea de que fueron el alonsismo y Lobato quienes originaron todo, representantes de esa España negra inventada, carente de cultura en el motorsport y mala perdedora desde que Moisés alzó su cayado y dividió en dos las aguas del Mar Rojo...

Y está sucediendo de nuevo. Jacques Villeneuve ha reclamado recientemente un mayor respeto por lo conseguido por Hamilton [Villeneuve pide más respeto para Hamilton por lo que ha logrado en la F1], y leyendo a muchos da la sensación de que el canadiense nos daba un aldabonazo a nosotros y se entretiene visitándonos puerta a puerta para exigirnos un respetito por favor, cuando el problema nos es completamente ajeno como afición. Mansell y Stewart son británicos, la mayor contestación que está obteniendo el nuevo heptacampeón del mundo proviene del ámbito profesional y del vasto mundillo de seguidores de Michael Schumacher que considera que no hay mucho que comparar entre su ídolo y el de las nuevas generaciones.

Soy de su misma opinión: no hay muchos paralelismos entre uno y otro más allá de los números, lo he escrito. Jamás he pedido que Vettel devolviera sus títulos ni que Vitaly Petrov fuese colgado por los pulgares de la verga principal del mayor. Obviamente no ha venido Jacques a verme, ya me gustaría. Pero ante el estado actual de cosas no dejo de sentir una angustia tremenda porque si hay una maldita oportunidad de hacer el gilipollas, nuestros youtubers y modernos creadores de contenidos no la desaprovechan ni tanto así, con tal de incidir en la pequeñez de sus vidas, plagadas de ofensitas flanderianas y pupitas que rentan seguidores en redes sociales, y la adolescente necesidad de creernos a todos copartícipes de su pecado de bisoñez.

No van a espabilar, lo sé. Y yo estoy mayor, para qué vamos a engañarnos. Pero a ver quién es el guapo que les quita el juguete, si, en el fondo, todos nuestros críos sueñan con ser San Pablo y poder confesar que fueron cegados por la verdad verdadera y encontraron la luz después de transitar los tenebrosos caminos marcados por el alonsismo, Lobato y tal...

Sé que importará un carajo que lo diga, pero las críticas a Hamilton no tienen nada que ver con España, desgraciadamente no somos tan importantes, más bien, se relacionan con la feliz idea de intentar equiparar un producto de fábrica con un león de los de antes, de los que se alimentaban de cristianos en los circos romanos.

Os leo.

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