miércoles, 22 de abril de 2020

Luis y la tigrilla


Tengo tarde de despedidas y no puedo dejar de referirme a Luis Sepúlveda, quien definitivamente nos dejó en Oviedo el jueves pasado.

Muchas veces os he contado que aprendí a escribir de leídas, lo que vendría a ser en música tocar de oídas. No es mal método, la verdad, pero es que la gramática se me atragantó ya desde el colegio y no han podido arreglarlo las muchas veces que he intentado enderezar mis pasos literarios hincando codos. Y digo que no es mal método porque leer es uno de los ejercicios más gratificantes que existen y a poco espabilado que seas siempre hay algo que se queda...

La literatura hispanoamericana ha sido uno de mis manantiales más generosos y Sepúlveda, sin duda, ha supuesto un meandro al que he recurrido con fruición y a veces necesidad, como el de Cortázar. La prosa del chileno era cantarina, a su manera lírica o musical, y no han sido pocas las veces que me he apoyado en Nürbu en sus creaciones, a las que he rendido homenaje como buenamente he podido pero siempre refiriendo al maestro: Patagonia Express, Narrar es resistir, Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, Mundo del fin del mundo y, sobre todo, Un viejo que leía novelas de amor, mi más querida aventura de todas.

Antonio José y su abandono del mundo en la selva, la ausencia de Dolores, el refugio superviviente en las novelas de amor, El Idilio, los shuar, la codicia y arrogancia del hombre blanco, y la presencia de la tigrilla que escapaba siempre hasta que no pudo ser más...

Luis sabía cogerte de la mano y llevarte donde quería, y eso, desgraciadamente, no hay gramática ni cursillo de escritura ni universidad que lo enseñe. He sido inmensamente afortunado.

Que la tierra te sea leve, Luis. Os leo.

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