viernes, 21 de septiembre de 2018

¿Es tan malo Lobato?


Si Antonio dispusiera de todo el poder que se le arroga, seguramente otro gallo nos estaría cantando, de forma que o es falsa la ecuación en la que interviene, o la ecuación de la que es protagonista es más falsa que un billete de cuatro euros. Por muchas vueltas que le demos, no hay más.

Hablo de Lobato como podría hablar de cualquier otro comunicador. A ver, el asturiano es el cabeza visible de la única plataforma que sirve Fórmula 1 en España, y entiendo que haya que sacudirle poco, mucho o bastante, según la cuota que le corresponda, pero lo que no resulta admisible es que se le convierta en una especie de sumo sacerdote de una secta cuando resulta tremendamente sencillo ver desde nuestro país nuestro bendito deporte a través de otros canales.

No tengo Movistar ni ganas de tenerlo. Suelo disfrutar las carreras acompañado por los grititos de Martin Brundle y su peña de Sky Sports. El pasado Gran Premio de Singapur, por ejemplo, debido a los altibajos de mi línea tuve que contentarme con hacerlo por Canal+ France, creo. Entendía mejor lo que contaban los narradores porque me manejo infinitamente mejor en francés que en inglés, pero si la prueba ya era de por sí un poco funeral, en el idioma de Balzac resultó un funeral versallesco bastante tristón, para qué vamos a engañarnos.

Espero que se comprenda con todo esto que apenas opino sobre Lobato porque no tengo nada de qué opinar. Gracias a Dios gozo de libertad para buscarme la vida y a ello me atengo, de forma que comprenderéis, también, que me entra la risa floja cuando alguien me dice que estoy lobatizado porque escucho a Lobato y leo el Marca y el AS debido a que soy español.

Son ideas simples que calan hondo en el personal más simplón, hasta ahí ya llego, pero básicamente es lo mismo que si cuando hablo con Bruno, con Alex o con Pitti entendiera que sólo ven la Fórmula 1 a través de las retransmisiones y prensa italianas. O cuando charlo con Conny, Marcus, Alfred o María, o mi sobrino Carlos, asumiera que ellos ven nuestro deporte sólo con el filtro alemán...

Podría extenderme con otros ejemplos.

Por suerte tengo amigos y familiares felizmente repartidos por todo el orbe —mi sobrino Víctor ha vuelto de Australia hace muy poco; mi hermana habita en Alabama; Germán y María viven en Londres; Bernardo en Dublín; Gus en Surrey; Joseba en las afueras de Tiflis...—, pero en época de globalización e internet suena bastante aldeano andar recurriendo a fronteras para justificar según qué situaciones. ¿Es tan malo Lobato? Lo que resulta evidente es que hay que ser muy ingenuo o limitadito para pensar que los seguidores de Alonso sólo ven a Antonio o sólo leen el AS y el Marca, o tener muy mala entraña para hacer ver que una secta como el alonsismo (sic), necesita de un sumo sacerdote, que por cierto, no narraba Fórmula 1 desde finales de 2015 a comienzos de la temporada 2018...

Si fuese otro día y no lleváramos la semanita que nos hemos trajinado encima, incluso diría que hay que ser gilipollas del culo para pensar que en España no se lee la Autosport o la Motor Sport, o no se tiene acceso a otro tipo de prensa que la aludida —que la tenemos, abundante y buena—, e insistir en que Lobato es lo peor de lo peor, simplemente porque papá o mamá prefieren disfrutar de los contenidos que ofrece Movistar+, y pagan por verlos, claro, para que luego saquemos pecho en redes sociales significándonos como damnificados.

Dejad de verle si os encabrona, pero sobre todo: ¡dejad de fingir, que se os ve el culero!

Os leo.

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