martes, 7 de agosto de 2018

I kill giants [#Nürbu 28]


En el Nordschleife, como en la mayoría de circuitos tradicionales, se disputan las carreras en orden de izquierda a derecha, siguiendo el camino de las agujas de un reloj, como si no hubiera otro movimiento posible o no se hubiese intentado o existiera auténtico pánico a contravenir la regla quizás más antigua del automovilismo de competición...

No he indagado lo suficiente sobre esta manía tan nuestra o me ha interesado más bien poco —seguramente sea lo segundo—, pero no deja de resultar curioso que en los circuitos de antaño, plagados de curvas, el minúsculo mundo de referencias se redujera a memorizar una secuencia pequeña de ellas, dejando que los grandes fenómenos avisaran al conductor en contadas ocasiones. Una masa de bosque aquí, una cresta de roca allá, tal vez un destartalado poste de telégrafo o la silueta de una loma...

En Nürburgring, el viejo castillo hace de estandarte de la zona. Antigua atalaya romana reconvertida en época medieval en auténtico señor de las Eifel, es hoy un vestigio venido a menos por cosas de la ruina y la edad.

En 1961 su estado era aún peor, pero así y todo, a Stirling Moss le supuso una agradable compañía cuando circulaba en pos de la victoria durante el Grand Prix de Alemania de aquella temporada (también llamado de Europa), ya que sus gafas, debido a que la lluvia visitó aquella edición, se fueron manchando con una fea película de agua, grasa y barro, que en algunas zonas convertía todo lo que tenía ante sí en un espeso puré de garbanzos. Con un coche delante esto no suponía demasiado problema, pero era él el que abría la comitiva después de haber tomado la cabeza en el primer giro, y cuando la serpiente de coches viajaba hacia el norte el joven prácticamente tenía que inventarse la ruta, mientras que en dirección contraria, le bastaba buscar entre las nubes la silueta de las ruinas para encontrar cierto grado de seguridad.

El castillo, además, también suponía para Stirling el motivo secreto de una de sus más sabrosas anécdotas que sólo surgía de sus labios cuando los dedos de Johnny Walker habían superado lo tolerable, en sucesivas tandas de levantamiento de codo, se entiende.

Rob Walker, mentor entonces del piloto de West Kensington, solía buscar las vueltas a su pupilo recordándole que no sería realmente grande sobre la pista hasta que no viera a un tropel de gigantes huyendo de los ladridos de un perro, y que todavía no lo había conseguido, pero Murray, también Walker, buscaba a su vez que Rob no le apretase demasiado porque había asistido al término de aquella prueba en la que al bajarse de su Lotus balbuceando ¡los he visto, los he visto!, el británico no cabía en sí de tanta felicidad como le había provocado vencer a Von Trips en durísima pelea.

Walker, el periodista, creía a Moss; Walker, el empresario, francamente, no tanto...

Stirling contaba —cuando la cantidad de Walker, el espirituoso, había superado lo asumible para contener la lengua de cualquier ser humano, incluso la de él—, que habiendo sorteado Hohe-Acht y buscando las ruinas del castillo en el horizonte, observó un movimiento inusual en lontananza precisamente cuando los Ferrari de Von Trips y Hill le estaban mordiendo los talones. Inicialmente pensó que todo ello se debía a un efecto óptico o a la cantidad de porquería que acumulaban sus gafas, incluso a que el viento y la lluvia estuvieran jugando con las copas de los árboles, pero recordó las palabras de Rob y presintió que podían ser los gigantes y el perro, y aquella, su carrera.

Apretó. Stirling tenía la prueba en la mano pero como estaba viniendo también podía irse, así que siguió apretando y en la vuelta siguiente, con los de Maranello algo más distanciados, volvió a discernir a los colosos, esta vez alejándose de la silueta del castillo.

No le cupieron dudas. Huían del perro matagigantes...

Walker, el periodista acostumbrado a tratar con pilotos, creyó a Moss desde el primer instante; Walker, el empresario, promotor y mentor, acabó aceptando con el tiempo que su pupilo podía haberle ganado la apuesta porque aquella victoria en el Grand Prix de Alemania de 1961 quedaba en cierto modo fuera de toda lógica. Moss se había mostrado sobresaliente, pero sin gigantes y sin perro que les ladrase seguramente no habría sido posible.

Os leo.


PD: Ismael, léele este cuento a Pinto antes de dormir, y dile de mi parte que siempre estará entre nosotros.

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