martes, 28 de abril de 2015

De ahí no se vuelve


Me preguntábais cada cierto tiempo cuándo participaría en tal o cual podcast o si escribiría un artículo en algún medio que no fuera Diariomotor o este blog, y la verdad es que las preguntas han ido en aumento conforme pasaban las temporadas, aunque la respuesta a día de hoy sigue siendo: olvidadlo.

Como sucede con algunos toros especiales en la lidia, me han puesto rejones de fuego en el lomo. Estoy señalado. Soy un tipo incómodo, la oveja negra del rebaño. Pero lo llevo bien, que se os meta en la cabeza. 

Hoy ha llegado al estudio un libro que tiene más de treinta años y el glasofonado de cubierta y contracubierta, hecho unos zorros. Me lo ha traído Cata de casa de mi suegra y se titula Las maravillas del siglo XX. Es especial para mí porque cuando cumplí catorce primaveras le pedí a mi padre por mi cumpleaños, un cuaderno de papel técnico como los que utilizaba él, un lápiz bueno, una goma de aquellas que iban envueltas en un celofán fino y un libro sobre los viajes al espacio...

Papá, que fue un puñetero desatre en tantas y tantas cosas, supo satisfacerme siquiera por una vez en la vida, aunque de aquella historia sólo me quedan el volumen que hoy vuelve a estar a mi lado, el portaminas con el que me siento más cómodo a la hora de dibujar, y sus manos huesudas apretando las mías en las Navidades de 2007 a 2008, cuando él y yo arreglábamos cuentas en el Hospital de Cruces, tres meses antes de que me dijera definitivamente adiós con un guiño de los suyos.

—De ahí no se vuelve, Tatito.

—No, no se vuelve, Aitite. Pero queda lo que dejamos atrás...

Tras aquel chiquillo que soñaba con ser ingeniero aeronáutico o arquitecto cuando aún no había muerto Franco, que acabó haciendo Bellas Artes mientras comprendía lo que era la aerodinámica completando maquetas de Sport Prototype Grupo C a escala 1:24 de las marcas Hasegawa y Tamiya, o aviones de la Segunda Guerra Mundial o supersónicos a 1:72, de las casas Airfix o Monogram, con la intención de que los demás se encargaran del trabajo sucio, queda una secuela francamente hermosa que se reparte entre letras y ciencias casi a partes iguales. 

El minúsculo Peter quiere levantar casas indescriptibles. William se ha decantado ya por las ciencias, como su madre y su padre, a pesar de contar con tan sólo 15 años y querer venir conmigo a visitar Montecarlo, Nürburgring y Spa. María es abogada como mi hermano, y Ana, relaciones públicas. Carlos, un fenómeno, trabaja en la multinacional Basf como ingeniero químico y Josu, la joya de mi corona, está terminando ingeniería mecánica mientras ayuda en sus primeros pasos a Jone, su niña, a abrirse paso en arquitectura.

El viernes pasado, el crío que sostuve en mis manos hace ahora eones, cumplía 25 años y hoy puedo dar cuenta de que el legado de mi padre y mi madre, permanece intacto e igualmente activo en su secuela, quizá porque mi hermano Julián y yo mismo, y mi Titi, no hemos hecho otra cosa que de bisagras. Y es que pasar tus sueños a otros para que los completen, en especial a tus descendientes, es un lujo al alcance de muy pocos.

La noche duerme ya sobre Gorliz. El domingo entregué el que será quizá mi último artículo extramuros. Juega el Athletic contra La Real, pero agradezco en el alma que Iker le haya enseñado a Eileentxu a dar cabezazos a la pelota como Aduriz ante la portería rival, y a mí, a leer las etiquetas del Cola-Cao.

—De ahí no se vuelve, Tatito.

—No, no se vuelve, Julián. Sobre todo cuando eres un extraño entre tantos.

Os leo.

3 comentarios:

  1. ¡ Hermosa entrada, Josetxu!

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  2. Ciertamente Precioso

    Gracias por compartirlo

    Saludos
    Sr.Polyphenol

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  3. Que pedazo de cabrón eres Josito: me has hecho llorar como una colegiala.

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