jueves, 19 de mayo de 2011

Bethany's wave


Tuve un amigo que hoy sufre Alzheimer selectivo desde que decidió unilateralmente distanciarse de mí. Por olvidar, ha olvidado incluso avisarme de la caída de aquellos que fueron nuestros compañeros de aventura en tantas batallas como intervinimos juntos, en las que serví abriendo camino a golpe de machete o recibiendo los primeros dardos envenenados, cuando no, soportando a pecho descubierto los embates más feroces del enemigo. Tal era mi fortaleza bíblica, mi arrojo y mi soberbia, mi locura suicida, que incluso me anunció su intención de dedicarme un papel protagonista en una de sus obras...

Obviamente no sé en qué ha quedado todo aquello.

La soledad es una estación de paso. Vivimos destilando posos de amargura, rayuelas ininteligibles, desencantos, desconciertos, mezquindades, mareas verde esmeralda que se levantan a nuestra espalda como muros, pero sigo creyendo en el género humano aunque cada vez un poco menos.

Para un optimista no hay nada peor que el escepticismo. La duda razonable sobre el futuro de las cosas supone siempre una herida abierta que resulta inasequible a la sutura o a la sal. Está ahí, y ahí estará al menos hasta que la olvides o la sepultes, acompañándote desde su silencio, recordándote lo frágil y vulnerable que eres, lo pequeños que resultamos todos.

Sol ha estallado, pero soy escéptico aunque me gustaría no serlo.

Tal vez sea la edad o el cansancio, o las veces que me han dicho que callara la boca o midiera mis palabras, conocidos que jalean ahora mismo el explosivo júbilo esperanzador que ha anidado en el centro de Madrid y que ha encontrado eco en toda España. Soy escéptico y maldigo mi escepticismo con lo que está ocurriendo, porque creo en el día a día, en el trabajo codo con codo, en los actos minúsculos que tantas veces han despreciado por inoportunos estos que digo.

La hoguera de Sol se apagará tarde o temprano, y volveremos todos al auténtico campo de batalla, a ese futuro mejor por el que hay que pelear cada jornada, por esa libertad que nadie te regala, por esa lucha contra el hastío que nunca acaba y que rara vez iluminan los focos.

Obviamente no sé en qué quedará todo esto.


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