Hay momentos en que toca ser pragmático y esta noche es uno de ellos, ya que el Gran Premio de Gran Bretaña ha resultado de todo menos generoso, bueno, si quitamos de la ecuación la sobredosis de protagonismo que nos ha brindado gratis la FIA en las últimas vueltas.
En Silverstone ha vencido Leclerc sobre Ferrari y con eso me quedo, fundamentalmente porque si hubiese sido Luigi el agraciado nos habríamos ahorrado el nutrido festival de sandeces que han tratado de empañar el logro del monegasco poniendo pegas y peros a todo. Lo sabemos, me consta, y esto hace más gratificante si cabe que haya sido Charles quien ha conquistado hace unas horas al primer cajón del podio...
Iba a desenterrar el término «querubín» para referirme al 16 de Maranello después de habérselo dedicado en Nürbu tantas veces a Kimi Raikkonen, aunque considero que quizá sea pronto porque la carrera, en sí, no ha merecido ni el mimo con que ha circulado el chiquillo de Alexandra sobre el dibujo de uno de nuestros circuitos legendarios, ni las notables muestras que ha dado de actitud quirúrgica, o de gestión de posibilidades y tirar de riñones en momentos puntuales, hasta labrarse un primer puesto que no debería tener contestación salvo para aquellos que se pasan media vida criticando el sofá de los demás mientras no aciertan a discernir que llevan un sillón orejero pegado con Loctite al culo.
Leclerc ha jugado esta tarde en territorio enemigo y lamento escribirlo porque la ocasión merecía otra cosa.
Toda la estrategia del muro rosso tenía a Hamilton como foco, incluso Vasseur se ha pasado tres pueblos mandando callar a Charles por radio al término de la prueba —¡gracias, Ernesto!—. No es respetuoso dar al ganador de una carrera este trato, mucho menos cuando ha sido el mejor de los dos pilotos de la italiana en un cita que ha tenido mucho de lotería porque hasta la vuelta de verano esta F1 seguirá produciendo monstruos.
Venga, sí. ¡Querubín!, porque Kimi también las pasó putas soportando a su equipo, y porque al de Montecarlo no hay Dios que lo pare cuando despliega sus alas, vuela a ras de suelo y sabe que está haciendo lo correcto. Y si a alguien le duele, pues ya sabe: Hemoal en el culete, que dicen que va de fábula.
Ferrari, Leclerc. Hay algo de autenticidad en este sencillo esquema que me ha permitido salvar un Gran Premio bananero que, a lo peor, ha concluido como se merecía.
Os leo.

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