Mayo suele ser un mes en que escribo —escribía, más bien—, sobre pilotos que nos dejaron en el ejercicio de su profesión, que, a fin y a cuentas, es la misma en que estamos embarcados todos, porque mucho se nos llena la boca a los del gremio recordando el motorsport is dangerous, pero anda que no resulta peligroso vivir para los que somos conscientes de cómo acabará todo...
Entre el ha muerto Tato y Toño se nos ha ido este mediodía, sólo dista mi legendaria capacidad para vivir en la inopia y seguir creyendo que, cuando parecía que las tormentas habían terminado y surcar el aire volvía a ser seguro, podía retornar a la aldea y encontrar a los seres queridos intactos, tal cual los dejé, congelados en el tiempo, esperando pacientes para apretarme contra sí como si jamás hubiese partido.
En tiempos en que escasea la ternura, mi Toño querido, me veo en la obligación de reseñar tu infinita humanidad, y apuntar que, seguramente sin pretenderlo, me has hecho un roto de difícil sutura en el casco, que taparé como pueda porque, gracias a eso que dicen que hay más allá, tuve la fortuna de conocerte y sé lo dulce que sabe el abrazo de alguien que te quiere desde lo hondo de su alma.
Gracias por tanto, corazón, y discúlpame haber llegado tan tarde...

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