Lo malo de hablar en pretemporada de Ferrari es que, hasta la cena, nunca sabes si lleva un pequeño alien en su interior.
Kane se despertó tan contento, con hambre canina, pero tras un par de bocados descubrió que su vida —lo que quedaba de ella, más bien— era todo abismo. Aunque duela escribirlo, eso suele pasarle a la de Maranello: que todo va bien hasta que deja de hacerlo e incluso los tifosi nos ponemos a cazar al xenomorfo por la nave, desconociendo que será él quien acabará con nosotros aunque vayamos armados hasta los dientes.
Del que no me fio es de Fred Vasseur. Sabéis de sobra de mis desavenencias con él, así que no os aburro relatándolas, pero sí me gustaría confesar que, tras unos test ciertamente prometedores, para lo que viene siendo la rossa, más de una vez me he preguntado si no será el francés el topo de Weyland-Yutani Corporation, y, en consecuencia, sabe más de lo que aparenta, por un lado, incluso la fecha exacta en que iniciaremos el descenso a los infiernos porque Ferrari es esencialmente drama pero también fatalidad, y por otro, conoce perfectamente a quién le encalomará la responsabilidad del desastre o a qué excusas se agarrará.
Me hice fan de Hans Ruedi Giger (H.R. Giger) antes de su participación en Alien, El Octavo Pasajero, en la que su trabajo con la Casa Harkonnen del Dune de Jodorowsky, fue reciclado de manera soberbia por Ridley Scott para construir el monstruo de su película.
Hice mis pinitos con el aerógrafo dibujando como si fuera un lápiz a mano alzada, e incluso, años después, me animé a parir algunas ilustraciones de portada con esa técnica, no tanto por emular al Maestro, cosa que nunca pude hacer porque había que tener una entraña turbia de la que yo carecía entonces, como por entender que la realidad se nutre de diferentes capas que acaban consolidando una verdad tan atractiva como diferente, que aún así y todo, no deja de suponer una gigantesca mentira.
Veremos cómo acaba la cosa, obviamente, pero la cautela me puede en estos instantes y no querría mentiros. Hay tantas pelotas en el alero, el Mundial es tan largo, que no puedo dejar de recordar que todo el mundo tiene un plan, al menos hasta que la primera órdiga en la cara te lleva a la lona, como advertía sabiamente Mike Tyson.
Os leo.
Dedicatoria: Te has ido, pottolo. En el New Tavern se masca un ambiente distinto desde que hemos conocido tu partida, y si a tus compañeros no les tiembla la voz al evocar tu nombre, se les humedecen los ojos. Tirabas los mejores ristretto descafeinados del mundo y nos trataste a Elías, a Cata y a mí, con la amabilidad que distingue a los grandes que habitan al otro lado de la barra. Cuidaremos de la amatxu, descuida, y te recordaremos siempre.

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