No imaginaba que iba a durar tanto, la verdad, pero persiste esa moda perversa que consiste en amonestar al personal para que no se queje en base a no sé qué del respeto y la deportividad, y aunque no lo digan, también por regar el apasionamiento, no vaya a secarse por falta de cuidado.
Yo me quejo mucho, y aún quedan rastros en casa de cómo esgrimía la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando el Hermano Julián, don Daniel o mis padres, me venían con aquello del ¡no te quejes! En la universidad empeoró la cosa, pero esa es otra historia...
En fin. Mafalda se quejaba de tener que tomar sopa, se queja el pobre de su pobreza aunque venga el influencer de turno a decirle que aproveche la oportunidad que le brindan la escasez y el hambre; y se queja quien recuerda con dolor que con 1.000 pesetas era Dios los domingos de antaño y con 6 euros en el bolsillo hoy no es nadie.
Se queja el doliente de sus males, se queja el solitario de su soledad, el carpintero cuando el martillo le aplasta el dedo, la madre cuando pare... Quejarse es lo más natural del mundo, y no entiendo muy bien por qué no podemos hacerlo sobre cosas más banales, como una temporada bastante ramploncilla, unas retransmisiones que sonrojan, un periodismo que continúa cavando su propia tumba, o un Campeón del Mundo que parece una figurita de cristal, o que no haya vencido Verstappen...
En serio, era muy de colegio de monjas o frailes lo de tallarte en la docilidad impidiendo que te quejaras. No hice el Servicio Militar, hablo de oídas, pero en el cuartel tampoco podías quejarte salvo que asumieras cenar en el calabozo o hacer guardia doble, aunque luego miras a tu alrededor y compruebas que tanta afán por la disciplina no parece haber servido de nada, acaso para generar legiones de grises Figaredos o la falsa sensación de que tragarse las quejas es un buen antídoto contra el desencanto.
Os leo.

Quejas y críticas (por más constructivas que sean) han quedado abolidas. Hoy admitimos en silencio hasta secuestros _inter paris_, ejem.
ResponderEliminarSaludos desde el Coño Sur