domingo, 26 de abril de 2020

Naftalina


Proporcionalmente hablando, las élites de lo nuestro, los listillos de la clase, vamos, han envejecido más rápido y peor que el resto del personal. Independientemente de su edad —en esto existe un amplio abanico—, sus discursos son prácticamente idénticos a los que usaban hace unos años, y esto, en un mundo tan cambiante como la Fórmula 1, supone el principal síntoma de su caducidad.

No hay conversación ni episodio en el que no surja la inevitable comparación con lo pretérito. Incapaces de ver el presente sin esta muletilla, no lo analizan sino que repiten como papagayos lo que sentencia la Wikipedia o dejó escrito tal o cual texto escrito hace décadas, o incluso recurren a su amplia experiencia olvidando que Brueghel el Viejo pintó La Parábola de los Ciegos en 1568. El inmovilismo es la regla y, así las cosas, su realidad se ha convertido en un espeso puré de garbanzos que ellos mismos son incapaces de digerir.

La historia no se toca, parecen decirse, pero lo cierto es que, por simple profilaxis, conviene actualizarla en base a las informaciones que han ido surgiendo después de que fuese escrita.

Los coches cliente, por ejemplo. Es cierto que en los setenta del siglo pasado era factible comprarle un chasis y una carrocería a un equipo y largar con ello toda la temporada, pero la normativa no lo impedía y la estabilidad técnica de entonces permitía hacerlo. 

Además, la actividad no era tan cara como ahora, la evolución de los motores y las gomas no era tan vertiginosa, y cualquier ingeniero podía apañar un buen resultado sobre un Lola, un March o incluso un Lotus o un Ferrari [Everest], etcétera, para una aventura puntual o para varias. Hoy sencillamente no hay nada que comparar. El Reglamento cambia constantemente y resulta tan puntilloso que apenas deja resquicio para la creatividad...

Cyril Abiteboul y Claire Williams, al respecto del RP20 de Racing Point, o Zak Brown aludiendo a la propuesta de equipos cliente en su globalidad, ni se han vuelto locos ni han dado la espalda a la historia de nuestra competición, simplemente viven lejos de esos salones rancios donde huele a naftalina, pisan suelo, aceptan el presente y son conscientes de que, ahora, la palabra cliente no significa lo que hace cuarenta años y que comprarla supone de facto quedar en manos del enemigo en pista.

Os leo.

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