sábado, 7 de abril de 2018

Clark abre la primavera sombría [07-04-2013]


Bastaría mencionar a Flying Jim para que sobraran las palabras, salvo porque aún nos faltaba perder a Jules Bianchi, para seguir comprendiendo que continúan vigentes aquellas palabras que escribía a principios de abril de 2013 en mi espacio en Diariomotor: «¿Es totalmente segura la F1? Honestamente diría que no...»


Jim Clark, a quien vemos en la fotografía que abre este texto siendo empujado sobre un tractor de juguete por una parte importante de la historia de nuestro deporte (Graham Hill y su hijo, el pequeño Damon), fallecía tal que un día como hoy de hace muchos años en el circuito de Hockenheim, durante el transcurso de una prueba de F2, no habiendo conseguido por tanto labrar su nombre entre los caídos de la Fórmula 1, aunque lo hiciera como uno de los pilotos más rápidos y con mayor renombre de todas sus épocas, lo que le ha granjeado a día de hoy ser considerado como una de sus contadas y más grandes leyendas.

Si embargo Jim, a pesar de la funesta efeméride, nos resulta imprescindible para visualizar un escenario plagado de pruebas en F1 o en disciplinas diferentes, siempre en etapas pretéritas, que ha quedado jalonado en el ánimo de los aficionados por pérdidas irreparables, que a partir de ya mismo y hasta finales de mayo próximo, nos recordarán puntualmente que hubo un tiempo en el cual los pilotos se jugaban la vida hasta el punto de poder perderla, o para hacerlo literalmente, en un calendario disputado centímetro a centímetro sobre el asfalto de los diferentes trazados que lo nutrían.

Marcada de manera indeleble por la desaparición de Ayrton Senna a inicios de mayo de 1994, la primavera en Fórmula 1 siempre resulta tremendamente dura por la cantidad de recuerdos que evoca. No lo he mirado, pero parece la etapa más densa del Mundial en óbitos, en la que cabe sin duda reflexionar sobre lo fina y sutil que resulta la línea que define la oportunidad de sobrevivir o morir sobre un circuito.

Henry Surtees (hijo del gran John), fallecía como Clark, disputando una F2 en verano de 2009, suponiendo nuestra última víctima en esa fina franja, difusa siempre, que dibuja a los nuestros, a los que no entran en la definición y a los que casi lo son. Antes que él, a un canto de euro estuvo Robert Kubica en Canadá 2007 de perder la vida en brutal accidente, y con posterioridad, Sergio Pérez, en Mónaco 2011, nos pondría el alma en vilo al perder el control de su Sauber a la salida del túnel y dar lateralmente con las protecciones a velocidad de vértigo (el mexicano se agarró el casco con las manos en última instancia, como quien se encomienda al Altísimo).

La seguridad parece haber llegado a máximos pero sigue sin ser contestada la interrogante de si resulta suficiente o soportará las exigencias y avatares del deporte. Es cierto que aquel 1 de mayo de 1994 en que falleció Senna y que por tanto no celebramos hoy, supuso un antes y un después, pero la pregunta permanece cernida en el aire. ¿Es totalmente segura la F1? Honestamente diría que no.

De manera que caminando sobre el filo de la navaja que define el infortunio de la fortuna, la Fórmula 1 avanza apoyada fundamentalmente en medios paliativos. Seguridad pasiva que protege sobre el papel al piloto de coyunturas como las ocurridas en Spa cuando Grosjean se soltó el pelo y a punto estuvo de afeitarle el bigote a Alonso. HANS, cascos que aguantan el paso de un carro de combate o el impacto de una bala disparada por un Barret M82A1. Protecciones aquí o allá, en un escenario que aprendió del daño que producía un simple muelle perdido en el camino, sólo cuando Felipe Massa estuvo a punto de perder la vida en Hungaroring 2009.

Prueba y efecto. La Fórmula 1 está preparada para todo menos para lo que no está previsto, como aquello que llevó a Gilles a separarse con su asiento del habitáculo de su 126 CK2 en Zolder, o las fuerzas que acabaron con la vida de Ronald Ratzenberger veinticuatro horas antes de que muriera Ayrton, 26 años y casi veinte días después de que lo hiciera Jim, Jim Clark, en una prueba de un campeonato menor, la F2, en la que sin embargo, los pilotos se jugaban la vida como si apostaran a la ruleta rusa, igual que siguen haciéndolo hoy.

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