miércoles, 12 de agosto de 2015

Fórmula 1 de autor


Aunque pueda parecer increíble, existió en verdad una edad lejana en que te sentabas a la mesa de un restaurante y comías lo que ponía en la carta sin precisar de traductor. Eran tiempos nobles, sin duda. 

El tipo cuya foto abre esta entrada hacía películas con un sello característico, imprimiendo en ellas todo su carácter y personalidad, y salían de Hitchcock porque no podían ser de nadie más. Luego se torcieron las cosas. Los decoradores comenzaron a denominarse arquitectos de interiores, todo el mundo era diseñador gráfico o de moda en sus ratos libres, los cocineros comenzaron a llamarse restauradores y se implantó entre nosotros ese concepto extraño de cojones, que alude a la autoría como si antes de descubrir el Mediterráneo, las cosas del consumo no tuvieran un autor indispensable y estuvieran confeccionadas, por ejemplo, por una comunidad de vecinos cuyo presidente nunca asiste a las reuniones.

Ahora todo es de autor si pretende ser algo en la vida. Así, con dos cojones, porque si no es de autor como que pierde brillo...

Y la Fórmula 1 también es de autor, faltaría más. Una pena, porque con tanto autor suelto nos estamos yendo al carajo aunque la culpa siempre recaiga en los mismos: la afición, que nunca se pone de acuerdo y además es muy desagradecida; la democracia esa que no les gusta a Max y a Bernie; o Pastor Maldonado, que siempre está a mano, el pobre.

Hemos padecido una etapa reciente en que los ingenieros copaban una buena parte de la luz que recaía sobre nuestro deporte. Hoy sigue siendo igual. Dejaron de ser elementos importantes e indispensables en el tinglado, para convertirse poco menos que en estrellas que eclipsaban cuanto había a su alrededor, y mientras ellos subían, los pilotos iban perdiendo espacio hasta el punto de que hace no mucho, Giancarlo Minardi tasaba su consideración actual en un birrioso 20%, tirando por lo alto.

Huelga decir que hay demasiadas voces que solicitan que esta importancia se incremente, como para que no nos echemos a llorar por lo perdido. Pero las marcas gobiernan el tinglado y sus intereses son espurios. Han pagado mucho por sus vedettes y éstas ayudan a confeccionar el reglamento... Es impensable que retrocedan siquiera un paso, de forma que seguiremos así porque es bueno para el negocio y no se hable más.

Johnny Herbert comentaba ayer mismo: «Para Rory Byrne, el piloto era el eslabón más débil de la cadena. Le hubiera gustado un robot conduciendo el coche.»

Esta es la idea. Un autor firma sus creaciones olvidando que trabaja en equipo precisamente en un deporte de equipo, y reduce el peso específico de cuanto le rodea para tenerlo todo controlado sin importarle un pimiento el consiguiente desequilibrio. Hoy el ingeniero instrumentaliza al piloto, pero como decía al comienzo, existió una edad en que no era así.

Recuerdo a Ken Tyrrell, a Derek Gardner y a Jackie Stewart y François Cevert, por ejemplo. Trabajaban hombro con hombro, uno para todos y todos para uno, como los tres mosqueteros que siempre fueron cuatro. La Fórmula 1 funcionaba entonces, como las películas de Hitchcock unas décadas antes. Eran tiempos nobles, sin duda.

Os leo.

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