domingo, 20 de mayo de 2012

Ni está ni se la espera


La vida nos lleva a escapar de la realidad haciéndonos preguntas que no responden a aquello por lo que sin duda deberíamos interrogarnos una y otra vez. La F1, como todos los deportes, como ellos espejo de lo cotidiano, reflejo de nuestros anhelos y temores, mira también donde no debe para calmar sus propias dudas entreteniéndose en debates estériles, o en hacer valoraciones que no llevan a ningún lado.

Así, en vez de tratar de aclarar qué demonios está sucediendo para que las escuderías punteras no hayan encontrado aún el clavo en el que dar, la necesidad apremiante de sentirnos vivos como aficionados, nos lleva a sopesar el futuro sopesable de Felipe Massa o incluso a sospechar que la importancia que algunos dimos a las Pirelli en esta temporada, lleva más calado del que imaginábamos tanto unos como los enemigos de las conspiraciones.

Lo cierto es que no arreglamos nada, como siempre, pero nos divertimos, y de qué manera. Total, que con Mónaco asomando por el horizonte, seguimos sin saber qué van a hacer equipos como Red Bull o McLaren, mucho menos a qué atenernos ante una carrera a la cual los protagonistas llegan bastante difuminados porque en las cinco anteriores han sido cinco los pilotos que han logrado la victoria y por tanto, la tabla general de conductores está a día de hoy más apretada que nunca.

Desde inicios de sesión me decanté por valorar en negativo las posibilidades de la austriaca. El RB8 me parece un vehículo resuelto sin la limpieza de sus antecesores, el RB7, RB6 y RB5. No lo veo bien terminado, y aunque los resultados y las evoluciones que ha sufrido en apenas un par de meses han venido a darme la razón en mis suposiciones, no es menos cierto que Sebastian Vettel lidera el mundial de pilotos y Red Bull el de marcas.

En el caso del MP4/27 de McLaren, el camino que he seguido ha sido el contrario. Me gustaba como monoplaza, pero ya no me gusta tanto. Creía que tenía posibilidades, pero ahora sinceramente dudo de que las tenga más allá de calificar bien o pelear por alguna victoria…

Seguro que me estoy equivocando, pero podría mencionar los ríos de tinta que originó el C31 de Sauber y animaros a mirarlo donde está en estos momentos. También podría comentar las buenas vibraciones que despertó el W03 de Mercedes AMG, toda vez que Michael Schumacher comenzó la temporada encaramado vistosamente a las primeras posiciones de la parrilla. Por poder, desde luego que podría señalar esa soberbia expectativa que suponía el S-Duct a la hora de revolucionarlo todo, pero la verdad es que tenemos las manos vacías más allá de admitir que los Lotus están bien asentados y que Ferrari va resolviendo sus problemas.

Ni las soluciones mayúsculas han sido tales, ni hay atisbo de que este año, a diferencia de los anteriores, podamos meter mano a los monoplazas para señalar en ellos una parte que signifique una ventaja real.

Desterrada la eficacia de los escapes sopladores sobre la parte alta de los difusores, democratizados los efectos de la flexibilidad de los morros, erradicados los mapa/motor retardados y su influencia sobre el comportamiento de los suelos de los vehículos, nos hemos visto situados ante un escenario que sencillamente no comprendemos y al que no sabemos ni por dónde cogerlo. En sentido estricto, esta situación debería resultarnos notablemente buena, porque a fin y a cuentas viene a significar que hay menos secretos en liza y que por tanto podría existir una mayor importancia de lo mecánico sobre lo aerodinámico, pero…

El caso es que sea como fuere, seguimos dando palos de ciego. O mejor dicho, los hemos estado dando hasta hace nada, para conformarnos a partir del G.P. de España con asistir con la boca abierta a lo que se ofrezca en cada nueva cita. Nadie se moja, nadie quiere hacerlo, y es que en el fondo sospecho que nadie podría hacerlo ni aunque quisiera.

Mónaco está a la vuelta de la esquina, y en él se consume casi el primer tercio del campeonato, tiempo suficiente para que hubieran comenzado los descartes por arriba, pero no, en ese sacrosanto lugar de la parrilla tenemos a prácticamente todas las escuderías punteras luchando coco a codo unas con otras, separadas acaso por un puñado de puntos que se volverían papel mojado a una o dos pruebas con viento de popa. Y esta situación es buena, manifiestamente buena, lo malo es que todavía no hayamos encontrado la forma de explicarla porque a lo peor no hemos formulado las preguntas correctas, que podría ser.

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