viernes, 14 de octubre de 2016

¿Quién defiende el número 1?


Las noticias de ahí fuera no son nada halagüeñas. Dicen que Putin no va a Francia y ha ordenado a su gente volver a casa, que no está para bromas con lo de Siria. Obama, cuentan, se ha puesto serio, y ya hay quien ha comenzado a trazar un puente entre lo que susurran que está ocurriendo en esta verbena que os digo, y aquello otro de que Alemania solicitara a los alemanes, en agosto pasado, que se aprovisionaran para una o dos semanas...

Podría ser un bulo, una exageración, una mentira, o la versión 2016 de la famosa October surprise que sirve de entremés a las elecciones norteamericanas cuando la cosa va muy apretada entre los candidatos. Trump, Clinton, los dueños del mundo en empate técnico, ya sabéis. Todo ocurre muy rápido, y la verdad, no tengo cuerpo para ponerme a pensar qué está sucediendo. 

Tampoco entiendo la dimensión que están alcanzando las chiquilladas de Hamilton. Es el vigente campeón del mundo, pero su empeño en seguir siéndolo más fuera de la pista que dentro, se le ha ido literalmente de las manos. Una cosa es que la frustración puntualmente te venza, y otra bien distinta que te subas a ella y la cabalgues como si fueses a lomos de un tigre herido.

Anda el británico jodido porque este campeonato huele a Rosberg, y anteayer disparaba piezas de a ocho contra su equipo y hoy la emprende contra la prensa por un quítame allá esas pajas. Y lo peor de todo es que no se intuye salida.

¿Qué quiere: volver a McLaren o irse a Ferrari, como afirman algunos? Lewis Hamilton milita en la mejor plataforma del momento. A falta de saber cómo responde Brackley ante el reglamento 2017, Mercedes AMG es firme candidata a llevárselo de calle...

Un momento. Éste no es el tono adecuado (Cardenal Altamarino dixit).

El de Tewin se nos ha hecho manchego y no nos hemos enterado. Esto de enterrarse vivo, de inmolarse por nada, es la puta polla del quijotismo más ibérico. Lewis merece un monumento, que le hagamos hijo predilecto de Bilbao, que Joserra deje de llamarle mierda. Da cabezazos contra la pared o rompe habitaciones en Bakú por no saber decir cagontómecago. Pobrecito, con lo bien que le salía a Charly.

La prensa es una hija de puta. ¿Se os ha olvidado cómo James ajustaba cuentas con el tipo que preguntó a Niki en Rush sobre qué tal iba su matrimonio tras el accidente de Nürburgring? Es ficción, pero el sustrato es real como la vida misma. La prensa bate los riñones de las estrellas como si éstas le pertenecieran, y a Lewis se le han hinchado los cataplines de que le recuerden que Nico puede ganar este campeonato o de que echó pestes sobre su equipo.

El británico ha bloqueado en redes sociales a medio mundo de los media, y lo que queda.

Le alabo el gusto. Para qué coño negarlo si pagaría con el brazo con que dibujo por ser el protagonista de tamaño lance que merece como mínimo, el calificativo de ¡y con dos co... narices! Y ahí queda el asunto: en nada, y en a ver cómo salimos de ésta.

Hamilton lleva una derrota (dentro enlace) que apunta a que como con lo de Putin y Obama que comentaba al inicio, Dios habrá de proveer alguna solución porque a los humanos todo esto se nos escapa de nuestras miserables atribuciones.

Pero una cosa os digo, si cuando el asunto de los dorsales, Lewis hubiera aceptado dejarse del imponer el 44 por dar la nota y pillar el 1 tras su victoria en 2014, hoy lo tendría la mar de fácil.

—Qué coño estás preguntado, imbécil. No gané el número 1 en una tómbola. Soy el campeón del mundo y llevo ese 1 en el morro de mi coche para distinguirme de los demás. ¿Vas a defenderlo tú, o dejamos que las cosas ocurran como siempre y lo defiende el único de los dos que está capacitado para hacerlo? Te joden mis snapchat, ¡pues háztelo mirar o toma doble ración de tila!

Os leo.