jueves, 20 de octubre de 2016

Lewis se va a la guerra


Desconozco si fruto de una efervescencia transitoria —como la que confesaba a sus lectores que sufrío don Antonio Caño a cuenta de sus epístolas en El País sobre las guerras ferracinas—, nuestro más reciente tricampeón del mundo ha protagonizado un cameo virtual en Call of Duty Infinite Warfare.

No es cosa de locos aunque resulte bizarro de narices. Empero, no estamos ante un calentón literario como el que entretiene en estos momentos a Arturo Pérez-Reverte y Francisco Rico, ambos académicos de la RAE, ambos declarados cervantistas, ambos olvidadizos del desdén al propio ego que muestra nuestro más grande escritor en el prólogo de su más grande libro:

«—Decid —le repliqué yo, oyendo lo que me decía—: ¿de qué modo pensáis llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión? 
 


»A lo cual él dijo: 
 

»—Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede remediar en que vos mesmo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiéredes, ahijándolos al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda, de quien yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas; y cuando no lo hayan sido y hubiere algunos pedantes y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren desta verdad, no se os dé dos maravedís; porque, ya que os averigüen la mentira, no os han de cortar la mano con que lo escribistes.»

Sólo he jugado al Call of Duty 3 pero he leído dos veces El Quijote, lo que supone que contando el que se dice de Avellaneda, me he bebido a sorbos chiquitos cinco botellas del mejor vino. Dos a cuenta de El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, otras dos a la salud de Segunda parte del ingenioso caballero don Quixote de la Mancha, y una quinta, levantando la copa por ese bastardo imprescindible que alumbró don Alonso Fernández de Avellaneda.

Antes de entregar la cuchara fijo que cae una nueva ronda...

Esta tarde, Ernesto ha venido a sacarme del zulo, y mientras hablábamos de mil y una cosas con nuestros cafés y un Red Bull Project X 2010 escala 1:18 sobre la mesa —para envidia de adultos que nos miraban furtivamente y de algún crío que nos ha retado con el gesto, como diciendo: «¡Dejadme jugar con eso, abusones!»—, también hemos mencionado ése bendito prólogo que aludía antes.

En fin, decía hace unos párrafos que no es cosa de locos, aunque resulte bizarro de narices lo que está haciendo Hamilton con tanto porfiar en hacerse el distraído mientras deja miguitas de sus andanzas, ya que hay que tenerlos muy bien puestos, considero, como para seguir dando alpiste a una prensa que se abre las carnes con cualquier chorrada cuando un padre, o una madre, sintetizaría lo que sucede en una frase tan sucinta como elocuente: «Es buen chaval, pero no es capaz de dejar de hacer el tonto.»

Lewis se va a la batalla equivocada con esto del Call of Duty, comentan. Sin embargo, pienso que está en el bando de los Caño, Rico o Pérez-Reverte. Huyendo hacia adelante, desmarcándose de sus miedos, diciéndole a quien será campeón del mundo 2016 —ahora sí—, que ganó la guerra porque él andaba descentrado, porque no estaba a lo que había que estar, porque todos los años hay un campeón pero no siempre hay un gran campeón. En definitiva, porque no se le ha puesto en los pelendengues...

Mierdismo en estado puro, para qué vamos a negarlo. Menos mal que sobre la pista, Hamilton es un espectáculo de los que no quedan.

Os leo.