sábado, 24 de septiembre de 2016

Enfocando a Lewis


Ahora que se ponía bonito hablar de Lewis Hamilton, da la sensación de que a la peña le ha comido la lengua un gato. 

Nico ha dejado de ser un juguete en las manos del de Tewin en apenas tres carreras, y a los medios británicos les ha entrado hipo, y el eco del hipo anglosajón ha terminado sellando las bocas en nuestro país, así como en otros. Bastó que Hamilton se mostrara incómodo y alicaído en Marina Bay, para que toda su magia desapareciera en un fragmento de instante. Ni hammertime ni pollas, el hijo del viento parece una sombra de sí mismo y han salido los viejos fantasmas desde sus cuarteles de invierno, que hasta el propio Jackie Stewart ha criticado su inadecuada forma de vida.

Que la critique Flavio Briatore tiene un pase, pero ¿el escocés?

Que yo sepa, Lewis no ha cambiado su forma de vida ni tanto así, ni siquiera mientras recortaba terreno en verano a Nico para terminar supérandolo en la tabla de pilotos, lo que nos pone en que el problema puede ser otro, en concreto ése del que os llevo hablando desde hace dos temporadas y media: Hamilton teme a Rosberg y si ha recurrido a la prensa de su país, a tanto juego sucio y a tanto histrionismo con tal de protegerse, no es por otra razón que por evitar enfrentarse de tú a tú al tipo al que hemos despreciado tanto de 2014 a esta parte.

Que Nico sea alemán en un equipo anglo-alemán dirigido por dos austriacos y con matriz más germana que la cuna de Otto von Bismark, parece una anécdota, pero devuelve al protagonista de esta entrada a aquellos escenarios en los que era el niño bonito frente a un Fernando Alonso cualquiera o un Heikki Kovalainen totalmente anulado. Y que el hijo de Keke haya aguantado lo que no está escrito y siga sin arrugarse a pesar del sobrepeso de la lealtad debida, pone de nuevo al británico ante el Jenson Button de 2011 en McLaren...

Si se descuida, Lewis sabe que tiene perdida la partida y eso le llena de inseguridad porque por suerte para él (y para los sufridos aficionados), no es el mismo caballo loco de entonces. Ha madurado y sabe leer mejor que antes los huesos sobre la arena y el dibujo de las nubes sobre el horizonte. No es tonto, jamás lo ha sido, pero ahora siente que está solo y eso no le ha gustado nunca.

La pelea de aquí a Abu Dhabi promete, y ruego a quien sea que una vez obtenido el Mundial de Marcas para la casa de Brackley, Niki y Toto dejen medirse a sus chicos sobre el asfalto. Ambos lo merecen y nosotros también. 

Oler tan cerca su primer título estimulará a Rosberg. Saber que puede dejar atrás a su ídolo (Senna), sin duda pondrá las pilas a Hamilton. Se van a enfrentar los dos como ya sucediera en 2014 hasta Spa-Francorchamps, y ya iba siendo hora. Sin órdenes de equipo ni protocolos de fair play, con el mismo coche...

Creo en las opciones de Nico porque salvo un breve espacio de tiempo durante 2015, siempre he defendido que atesora las cualidades necesarias para ser campeón. Y a pesar de las toneladas de capones que he propinado al británico esta temporada, creo también en Lewis porque un talento natural como él sólo amanece entre nosotros de Pascuas a Ramos. Y el mejor síntoma de que el de Tewin no está muerto ni lo parece, es que tiene pavor al único individuo que puede hacerle realmente daño: su compañero, el enemigo cero, el némesis de todo piloto.

Y las buenas noticias son que Hamilton puede superar su miedo sin ayuda de una prensa demasiado dada a pasarle la lengua por la espalda o a entrar en la guardería armada con bates de béisbol, con tal de defender a su chiquillo, una vez más, como siempre desde 2007. Lewis vale su peso en oro y sin cambiar de modo de vida puede hacerlo, porque sobre el asfalto es Héctor ante las murallas de Troya, un gallo de pelea que no atiende a razones porque se crece oliendo las posibilidades de victoria, y porque, para qué vamos a negarlo, da más espectáculo por centímetro cuadrado en un trompo que la parrilla entera actuando conforme se espera de ella.

El mierda podría haber dejado atrás el sobrenombre que le puso Adrian Sutil cuando lo de Eric Lux, habiendo aceptado que la forma más saludable de enfrentarse a sus miedos pasaba por encararlos de frente.

Ha conseguido mucho a su modo, esquivando la realidad, buscando apoyos, pero bien está que en 2016 todos arreglemos cuentas. Él porque no merece ni un minuto más triunfar sobre un juguete al que su equipo ató de pies y manos a partir del Gran Premio de Bélgica 2014. Y nosotros, porque necesitamos como agua de mayo creer que es posible una Fórmula 1 en la que dos concepciones del deporte pueden coexistir sin que nos veamos obligados a mear constantemente en una de ellas.

Os leo.