miércoles, 7 de septiembre de 2016

¡Elemental, mi querido House!


Si algo nos enseñó el Dr. House a su paso por la pequeña pantalla, fue que se puede ser lúcido estando hasta las trancas de dihidrocodeinona, que no todo es lupus eritematoso en medicina, y que un buen diagnóstico depende más de una cuidadosa lectura de los síntomas que de pretender pasar a la historia descubriendo el Mediterráneo.

Gregory House es el perfecto piloto de carreras tal y como concebíamos esta profesión cuando el riesgo consistía en perder la vida yendo al límite y no evitando que Charlie Whiting te pillase... Me gustaría verlo subirse a un monoplaza dejando su bastón al cuidado de un mecánico; tomando sus pastillas de Vicodin antes de ceñirse el balaclava y ponerse el casco; diciéndole por radio a su ingeniero de pista: no es lupus, imbécil. No es lupus... Pero seamos sinceros, ¿quién quiere un tocapelotas así en su vida?

En fin, House es importante para esta entrada no por ser un remedo notable de aquel otro drogadicto que alumbró sir Arthur Conan Doyle, o porque su presencia en el paddock nos proporcionaría más esencia formulera que Alonso, Raikkonen, Maldonado y Verstappen juntos, sino porque desde que la Fórmula 1 decidió volverse opaca, no nos queda otra que acercarnos a lo que sucede en su interior intentando leer adecuadamente sus síntomas.

Los síntomas son como las pistas que deja el asesino tras su crimen, para que nos entendamos, y aquí resulta curioso que Conan Doyle fuese médico, como Gregory House, y que Sherlock Holmes —cuando no estaba puesto de opio hasta el sombrero—, buscara apoyo y contrafrase para sus investigaciones en el también galeno John H. Watson. No sé, a lo peor me equivoqué eligiendo profesión, quién sabe.

Pero a lo que iba, que me distraigo. Nuestro deporte está sumido en una atmósfera dogmática que demasiadas veces tira para atrás.

Recuerdo con ternura cuando me mandaron a pintar ruedas por intentar hablar de técnica, o cuando el loco de la colina gritaba ¡sacrilegio! porque discutía yo las tesis de la curia, al respecto de lo poco que había tenido que ver en la aplastante superioridad de Red Bull durante la segunda mitad de 2013 el cambio al que sometió Pirelli a sus compuestos tras los lamentables sucesos habidos en Silvertone de aquel año.

Hoy sabemos más o menos qué papel juega la milanesa en la Fórmula 1 y por suerte sólo me miran raro cuando sugiero que la normativa 2017 se ha parido para proteger su producto.

Ni más velocidad ni más espectáculo ni leches. Pirelli necesitaba mejorar su imagen de marca en F1 y con la aquiescencia de Bernie, la FIA y los equipos, intuyo que ha dado lugar a un escenario aerodinámico a priori muy prometedor, que sin embargo, supondrá un atolladero peor que el que tenemos si el experimento con las gomas anchas resulta un fracaso.

No estoy diciendo que lo vaya a ser, ¡ojo!, sólo menciono que a lo peor los neumáticos del año próximo no son capaces de resolver la que les viene encima con más peso, más downforce y un ligero aumento de potencia. En ese hipotético caso, y puesto que según mi propuesta, Pirelli es el centro de la operación Qué bien lo vamos a pasar en el 17, todo se vendría abajo como un castillo de naipes.

¿Síntomas? Fundamentalmente el excesivo protagonismo que ha ido adquiriendo la italiana conforme han transcurrido las temporadas que lleva como proveedor único. Y en concreto, cómo no contenta con interferir por reglamento en las prestaciones de los coches, subiendo o bajando las presiones de las gomas o modificando el camber para cada prueba, incluso entre viernes y sábado, lleva tiempo siendo mimada por la FIA ante las inclemencias del tiempo y también ante los posibles excesos de los pilotos, como se ha demostrado con la aparición en Spa de unos prototipos de compuestos reforzados que permitirían salir ilesos a los coches de su paso por los pianos (¡gracias por tu aclaración en el SafetyCast de esta semana, Abuelo!).

Resulta obvio que no fuimos malpensados los que dijimos en su momento que tanta mandanga y tanto rigor a la hora de evitar los fuera de pista tenían poco que ver con la seguridad o el deporte, y demasiado con que a las Pirelli no se les vieran los costurones y sus numerosas deficiencias, pero es que hay más: la italiana pretende que durante el inicio de la campaña del año que viene todos los monoplazas calcen las mismas gomas porque no hay tiempo material para producir toda la gama, y agárrense, señores y señoras: porque con tanta antelación no se pueden asegurar sus prestaciones reales para que la elección sea óptima.

Mi abuela diría que con el reglamento de 2017 se ha empezado la casa por el tejado. Gregory exclamaría: ¡Parece lupus pero no es lupus! Yo me limito a señalar que cuando es blanco y va embotellado o en brick, por lo general suele ser leche...

¡Elemental, mi querido House!