viernes, 15 de enero de 2016

La stagione dell'amore


Buen día para ponerse a Franco Battiato en los pinganillos y olvidar un tanto así la costra que nos envuelve. Entre el hype de viagra de muestra en la actualidad don Sergio Marchione y el compás de cautela escenificado a tempo por Maurizio Arrivabene y Sebastian Vettel, parece no existir un a medio camino, aunque lo hay.

Ferrari é più di una squadra y no porque haya quien se vuelva literalmente idiota entonando su nombre y clamando Forza, forza! Ni siquiera tiene que ver con esa bobada de que mientras lo sectarios son los demás, el ferrarismo es una religión que nadie que no esté dentro puede entender. Es grande porque la creó un hombre como cualquiera de nosotros, que supo caer y levantarse de sus numerosas contradicciones, una y mil veces, para escribir su nombre en la historia del automovilismo deportivo gracias a que sus coches lo llevaban con orgullo en la victoria y la derrota, en la Fórmula 1 y en otras disciplinas, proporcionalmente más en estas últimas que en la primera.

Contrariamente a lo que dicen pensar los abonados a las épicas hueras, las mordidas de polvo han hecho más por la leyenda de La Scuderia que sus triunfos. Siempre ha existido más tensión emocional en el arco de la rossa que en sus flechas, y esto es así por muchas veces que lo neguemos.

Carlos Alberto Reutemann afirmaba que nunca había sentido tanta desazón al volante como cuando una nose roja aparecía en los retrovisores de su monoplaza. Y aquí precisamente está el quid de la cuestión: la posibilidad en nuestro deporte, tradicionalmente ha sido interpretada por las máquinas y hombres de Maranello.

Huelga explicar por qué me aburría Michael Schumacher. Todo era predecible con él, campeonato tras campeonato, título tras título, pero es que Enzo Ferrari ya no estaba. 

Su testigo había sido recogido por Luca Cordero di Montezemolo, el sumo sacerdote del dogma tifoso. Pero no era el viejo y sus propias contradicciones quedaban enmascaradas bajo su siempre cuidado aspecto. Resultaba menos creíble que The Drake y en sus manos, la leyenda dejó de consistir en luchar contra quien fuese, en todo modo y condición, para convertirse en una fe que sólo tiene sentido en lo más alto del podio...

Desgraciadamente para los tifosi, Marchionne no le llega a la altura de los zapatos a Montezemolo. Es más de llevar jerseys en los hemiciclos, rompiendo así el sacrosanto protocolo de los cogieron. Lo suyo es hacer cuentas y velar porque el spin off de la mítica llegue a buen puerto. Ha olvidado que Maranello vendía deportivos superlativos, frágiles y bellos, para sostener su actividad en competición, pero como diría Bernie, ahora la empresa italiana sólo quiere vender coches, como Mercedes-Benz.

Enzo Ferrari nos abandonó cuantro días antes de que yo cumpliese 29 años. Ha transcurrido mucho tiempo desde que escuché por primera vez las historias que me contaba mi hermano Julián y me enamoré definitivamente de aquellos 312B que corrían a comienzos de los setenta del siglo pasado. Eran instantes en los que cobraba pleno sentido esa maravillosa frase que se incluye en La Passione, la película dedicada a Von Trips por Chris Rea como productor: «Si es Ferrari, es rápida.»

He sido infinitamente feliz con Fernando Alonso intentándolo en Maranello, pero ya pasó. Ahora es el momento de Kimi, Sebastian y Maurizio, y tal vez de los que sienten La Scuderia de manera diferente a como hago yo. Aunque la esencia de todo esto sigue siendo la misma: te enamoras y es para siempre, y entonces no caben preguntas, ni razonamientos ni reproches.

Marchionne se equivoca vendiendo la piel del oso antes de haberlo cazado. Arrivabene y Vettel tendrán que pelearlo sobre el asfalto, y está bien que se muestren cautos. Quizás hoy no, pero quién sabe si mañana vuelvo a ponerme mis zapatillas rossas con la insignia de Baracca en los talones.

Os leo.