lunes, 7 de septiembre de 2015

Recuerdos, sueños y metáforas


Todo ha pasado ya y no es difícil imaginar que hace unas horas, cuando la tarde caía sobre el pecio de la vieja parabólica de Monza, un hombre que se duele por ser hijo y por ser padre, camina recordando recuerdos, soñando sueños y maldiciendo no haber vivido lo suficiente como para enfrentarse a un mundo que a la vez que le recuerda con insistencia, persiste una y otra vez en darle la espalda.

Si tuviera cerca a Filippo le diría que está cansado de cómo han cambiado las cosas, pero su amigo no está y sigue caminando con las manos en el abrigo y la cabeza bajo el sombrero, pensando quizá en los muchos hombres que surcaron velozmente el suelo que pisa, sobre unas máquinas rossas que ayudaron a labrar la leyenda sobre la que se levanta su propio nombre.

Recala brevemente en la imagen de Dino, y responde imaginando qué sortilegios habría planificado el hijo de Laura a la hora de resolver una ecuación, que pasa por extraer de un motor pequeño una potencia descomunal con ayuda de una parte eléctrica. Alfredo lo habría resuelto y desde luego, él se habría encargado del resto sin necesidad de tener que copiar a nadie. Haría falta mucho dinero, pero para eso estaban la fábrica y los últimos modelos que quedaron sobre la mesa de su despacho cuando se vio obligado a dejar de recordar y soñar, como ha vuelto a hacer ahora que ha terminado el Gran Premio de Italia de 2015.

No son horas, Lippo, no son horas... No importa, ingeniero, no importa...

...

Monza estallaba ayer como no hace ningún otro circuito del Mundial, nunca. Es un lugar especial de origen desconocido a pesar de que se le atribuyen paternidades más o menos auténticas. Es italiano, ni falta que hace decirlo, y aunque la ortodoxia anglosajona mira de reojo el Mediterráneo y sus cosas, nadie con dos dedos de frente osaría ponerlo en duda, jamás. Pero corren malos tiempos y ese espacio que los aficionados bebemos con nuestra primera leche, junto a Mónaco, Spa y Silverstone, of course!, corre el riesgo de descolgarse del calendario. Y Enzo Ferrari piensa en cómo es posible que una disciplina que recurre una y otra vez a sus leyendas de antaño para sostenerse en pie, puede contemplar siquiera sobrevivir sin Monza.

Estoy cansado, Lippo, no son horas... Ingeniero, ¿cuándo nos ha importado el tiempo...?

Os leo.