lunes, 17 de agosto de 2015

¡Qué bobos!


Las semanas de Gran Premio huelen especial. ¡Ay, qué nervios! 

Así, a tontas y a bobas, nos hemos zampado el desierto que nos legaron nuestros mayores porque querían tomarse unas bien merecidas vacaciones. 

Llega Bélgica y se nos va a pasar todo, y de golpe. Las ventanas se abrirán, volverá a entrar el aire tibio del verano, y las viejas historias que nos han entretenido estas últimas semanas dejarán espacio a nuevas versiones de la realidad, que originarán a su vez, interminables debates con que llegar a Navidad.

Todos los años es lo mismo, pero nos da igual, a que sí. La liturgia de la Fórmula 1 tiene sus normas y hasta el último mono las acata. Mañana o esta misma tarde, Bernie volverá a ser imprescindible, como Kim Jong-Un para los norcoreanos, y reinará de nuevo el orden sobre el caos y volveremos a ser infinitamente felices porque por esto precisamente, hacemos como que cobramos a fin de mes.

Y ahí está Michael, ante su primer reto en la máxima disciplina de la competición automovilística. Es Spa-Francorchamps, es él y su Jordan 191 está esperándolo.

Es 1991 pero podría ser hoy, mañana o este próximo sábado, porque somos el perro que han dejado en la cuneta o en la gasolinera, y ve con alborozo y moviendo el rabo, que lo suyo no era un abandono en toda regla sino que han vuelto a buscarlo cuando su presencia ya no es molesta. O mejor, somos como esos abuelos que llegaron a urgencias a mediados o finales de julio sin saber muy bien por qué, y a 16 de agosto son visitados en planta por el hijo y la nuera, y los nietos con globos, al grito de: «¡Que te han dado el alta, aitite. Qué alegrón, y nosotros sin enterarnos. Qué bobos!

Feliz lunes. Os leo.